«Esposos: no es amor si no está abierto a la vida»

«Esposos: no es amor si no está abierto a la vida»

En el 50 aniversario de la Humanae Vitae es importante redescubrir (como ha pedido el Papa Francisco) el contenido fundamental de la encíclica de san Pablo VI. Es decir, que las relaciones sexuales siempre deben estar abiertas a la fecundidad para que se pueda hablar de amor conyugal. En cambio, la anticoncepción lleva a la banalización del sexo.

Con su encíclica Humanae vitae, el Papa san Pablo VI nos ha dejado en herencia un documento profético del que celebramos este año su 50 aniversario. En su Exhortación apostólica post-sinodal Amoris Laetitia, el Papa Francisco expresa su estima por la encíclica, afirmando en dos ocasiones que hay que «redescubrir» su mensaje (cf. AL 82 y AL 222); también hace referencia explícita a los párrafos 10 y14, en los que se formula el contenido normativo de la encíclica. En lo que sigue a continuación, aceptamos la invitación de Francisco con una breve reflexión.

La Humanae vitae se ocupa, en primer lugar, de la transmisión de la vida humana y de los modos con los que la misión y la vocación específica de los matrimonios a ser padres pueden ser vividos de manera responsable. Al afrontar estos temas, Pablo VI habla enseguida de las exigencias del amor conyugal, un amor que concierne al ser humano en la unidad de cuerpo y alma, un amor total que abraza la vida entera, que es fiel y exclusivo, y que es fecundo (cf. HV 9). En especial, la encíclica considera las condiciones necesarias para que los actos conyugales puedan ser llamados verdaderamente actos de amor conyugal. Por esto es necesario pensar siempre unidas la sexualidad y la fecundidad (cf. HV 12), si bien no es necesario que los cónyuges deseen tener un hijo siempre que se unen en la carne (cf. HV 16). Para mantener juntos los dos significados del acto conyugal, es decir, el significado unitivo y el procreador (cf. HV 12) basta, según la Humanae vitae, que los cónyuges no hagan deliberadamente infértil este acto.

Los cónyuges pueden ser conscientes del hecho que, por motivos independientes de su voluntad, un hijo puede no ser concebido en este acto porque la mujer se encuentra en su periodo estéril, o porque la fertilidad de la pareja ha disminuido debido a alguna enfermedad o al paso de los años. A pesar de lo que se elija, su relación conyugal seguirá teniendo un significado procreador debido a la potencialidad fundamental inherente en este gesto como acto sexual entre un hombre y una mujer. Bajo este aspecto, su acto sigue siendo un acto procreador; toma su descripción concreta del hecho de que se trata de un acto realizado entre un hombre y una mujer que no se han utilizado mutuamente y que hacen uso de los órganos apropiados.

Todo cambia cuando el hombre y la mujer se hacen deliberadamente estériles. Ya no pueden elegir el acto de la relación sexual como un acto de tipo procreador (cf. G.E.M. Anscombe, Contraccezione e castità, en Id., Una profezia per il nostro tempo: ricordare la sapienza di Humanae vitae, Cantagalli, Siena 2018). Si bien la anticoncepción puede fallar y se puede concebir un niño, bajo el aspecto de lo que ha elegido la pareja, eligen un acto que es intrínsecamente estéril. Por lo tanto, no se puede decir que un acto sexual anticonceptivo tenga un significado procreador.

Ahora bien, la tesis de Humanae Vitae es que un acto conyugal puede ser verdaderamente llamado acto de amor conyugal sólo si conserva su significado procreador; cuando lo pierde, pierde también su significado de unión amorosa. Esta es la esencia del llamado «principio de inseparabilidad» propuesto por Humanae vitae n. 12. La encíclica enuncia este principio sin dedicar mucho espacio a explicitarlo de manera argumentativa. Es necesario recordar el género literario de una encíclica papal, cuyo objetivo es definir los términos fundamentales de un debate, decidiendo sobre cuestiones difíciles, pero que no necesita adentrarse en argumentaciones teológicas o filosóficas más profundas.

Sin embargo, si es verdad que un acto conyugal solo es un acto de amor esponsal cuando mantiene su significado procreador -es decir, cuando puede ser elegido como acto generativo-, y si de hecho es necesario que cada acto sexual sea un acto de amor conyugal (lo que es la esencia del sexto mandamiento), entonces queda «excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación» (HV 14).

Las parejas casadas que se hacen deliberadamente estériles claramente separan su sexualidad de cualquier noción de fecundidad. La mayor parte de las personas, también quienes son críticos a la encíclica, probablemente podrán aceptar este hecho.

Pero, ¿dónde está el problema? ¿Cuál es la base de la afirmación de la Humanae Vitae según la cual los significados unitivo y procreador del acto sexual son «inseparables», así que cuando uno excluye deliberadamente un significado, pierde también el otro? Para ver cómo estos dos significados están inseparablemente unidos, las siguientes consideraciones pueden ser de ayuda. A nivel de cultura y sociedad, actualmente asistimos a una banalización sin precedentes de la sexualidad humana. La actividad sexual ha sido «liberada» de cualquier vínculo social. ¿Qué ha cambiado? ¿Cuál era la razón de los poderosos tabúes del pasado sobre la sexualidad? En el pasado, la sociedad custodió atentamente la actividad sexual precisamente por su potencial procreador. Lo que hacía que los actos sexuales fueran tan significativos, lo que hacía de ellos un modo tan poderoso de expresar la unión de amor, lo que exigía la exclusividad de los cónyuges y su permanecer unidos con una promesa mutua para toda la vida era precisamente esto: su capacidad de dar vida a nuevos seres humanos.

Pero si a los actos sexuales se les priva de lo que hace que sean algo tan significativo, entonces, la última consecuencia es que serán banalizados. Si la relación sexual ya no es elegida como algo potencialmente fecundo, entonces, al menos en el plano social y cultural, se convierte a gran velocidad en uno de los muchos posibles tipos de interacciones amigables, que no es necesariamente más importante que una partida de ajedrez, de la que no nos podemos esperar consecuencias drásticas capaces de cambiar nuestra vida. Nunca nadie se ha convertido en padre o madre jugando al ajedrez.

Como dijo en una ocasión la filósofa inglesa G.E.M. Anscombe, la utilización difundida de la anticoncepción y la consiguiente separación entre sexualidad y fecundidad ha reducido el significado de la relación sexual a «nada más que una especie de beso extremo que podría ser considerado bastante descortés rechazar» (Contraccezione e castità, p. 92).

Si, por otra parte, cuando se encuentran en sus relaciones sexuales, el marido y la mujer se consideran siempre como la fuente de una posible nueva vida, mirándome mutuamente como el potencial padre y la potencial madre de sus hijos comunes, entonces su encuentro siempre tiene gran importancia, y la exclusividad de su relación sexual no requiere justificaciones ulteriores. Como dijo en una ocasión Karol Wojtyła, lo que está en juego en el acto sexual es «la aceptación de la posibilidad de la procreación», es decir, la conciencia por parte del hombre y de la mujer que mediante este acto «‘yo puedo ser padre’, ‘yo puedo ser madre'» (Amor y responsabilidad). Aunque el marido y la mujer se abstengan periódicamente porque en ese momento, por razones válidas, no quiere concebir (más) hijos, siempre se tratarán el uno al otro y su acto sexual como algo potencialmente fecundo. Precisamente por este motivo se han abstenido durante los días fértiles de la mujer. Sencillamente, el no tener relaciones sexuales en determinados días no es un gesto capaz de cambiar el tipo de acto que realizan en los días fértiles. Lo que eligen sigue siendo un acto de tipo generador, un acto potencialmente fecundo en su género, ya que se trata de un acto realizado por un hombre y una mujer con los órganos apropiados.

Quienes, al contrario, practican la anticoncepción no eligen un acto sexual potencialmente fecundo. El aspecto de la fecundidad ha sido excluido precisamente por la voluntad de elegir la utilización de un método anticonceptivo. Lo que eligen es un acto estéril y, en cuanto tal, un acto banal. Aquí no se unen como posibles padre y madre de sus hijos comunes. Así, excluyen de este acto uno de los aspectos más importantes de su ser marido y mujer, en cuanto «la vida conyugal, considerada objetivamente, no es una simple unión de personas, sino una unión de las personas en relación a la procreación» (Wojtyła, Amor y responsabilidad). Por lo tanto, lo que hacen difícilmente puede ser definido un acto de amor conyugal, un amor fecundo que incluye todos los aspectos de su vida, incluido el aspecto de su potencial paternidad y maternidad.

Mientras se conmemora el 50 aniversario de la Humanae Vitae, es necesario responder a una objeción que, sin duda, muchos plantearán. Es la siguiente: la Iglesia habla demasiado de sexualidad. Es verdad que san Juan Pablo II, por ejemplo, le dedicó un amplio espacio al tema, sobre todo en su «teología del cuerpo». Confirmó que la sexualidad humana tiene que ver con la vocación al amor; que el sentido del cuerpo es un don y -podemos resumir- que aquí está en juego el significado de nuestra vida.

Pero, ¿cómo se puede relacionar la sexualidad con el sentido de la vida? Comprenderemos esta afirmación -es más, se nos hará obvia-, cuando pensemos unidas sexualidad y fecundidad, y cuando nos demos cuenta de que la fecundidad no es una función puramente biológica, sino que tiene un significado profundamente personal. La pregunta de la fecundidad -«¿A quién he dado la vida?»- está íntimamente unida a la pregunta de nuestra identidad. Se puede reformular, de manera plausible, como la pregunta del significado de la vida: «¿Para qué he vivido?», «¿Qué quedará de mí?».

Si pensamos en la sexualidad y la fecundidad unidas, entonces nos damos cuenta también que la sexualidad no es sólo una «intensa experiencia de sí» como algunos -entre ellos también teólogos católicos-, han propuesto no hace mucho tiempo. Un modo tan estéril de vivir la propia sexualidad sólo puede ser origen de alienación, porque entonces los dos (¿y por qué sólo dos?), mientras hacen algo juntos, primero de todo y sobre todo piensan en sí mismos, buscan la propia experiencia y, después, en segundo lugar, en todo caso, buscan al otro (u otros). En cambio, si pensamos en la sexualidad como algo intrínsecamente unido a la fecundidad, entonces nos damos cuenta de que la sexualidad humana es un proyecto de vida en el que un hombre y una mujer se embarcan juntos en la aventura de construir una vida común, una familia.

Al proyecto de fundar una familia le siguen, lógicamente, algunos requisitos: se necesitan dos personas, no más, de sexo opuesto y no del mismo, que se intercambien una promesa que corresponde a su proyecto, incluyendo así la permanencia en el tiempo y la exclusividad sexual.

Mientras conmemoramos la encíclica Humanae vitae, es importante recordar la relevancia de las preguntas vinculadas a la sexualidad, el matrimonio y la familia. No son temas menores en el cosmos de nuestra fe. De hecho, como nos recordó Benedicto XVI en su Discurso al Congreso Diocesano de Roma, el 6 de junio de 2005, todo el vocabulario cristiano nace del contexto familiar y es incomprensible para quien es ajeno a esta experiencia: Dios se nos revela como Padre; nos manda a su Hijo unigénito; la Iglesia es nuestra Madre; nosotros somos, entre nosotros, hermanos y hermanas. Las relaciones familiares son relaciones de origen, tienen que ver con la procreación. Cuando, hoy, se defiende que se puede pensar en las relaciones familiares independientemente de la procreación y, por consiguiente, de la pregunta sobre nuestro origen, y cuando la familia se convierte en lo que se decide llamar con este nombre, entonces el concepto de familia corre el riesgo de perderse y, con él, el vocabulario mismo y los horizontes de la experiencia que hacen la fe inteligible en primer lugar.

Estas tendencias, incluida la teoría de género, son la extrema consecuencia de la separación entre sexualidad y procreación. El gran mérito de la Humanae vitae es, precisamente, haberse opuesto a esta separación. Por lo tanto, si queremos ser capaces de responder a estos desafíos y hacer que la fe sea comprensible también para las generaciones venideras, es más urgente que nunca la tarea de «redescubrir» la enseñanza de la encíclica de san Pablo VI (cf. AL 82 y 222).

Por último, es importante resaltar que la Humanae vitae tiene un significado crucial para la bioética ya que, como dijo Pablo VI en una ocasión, comentando su encíclica: «La defensa de la vida debe empezar desde los orígenes mismos de la existencia humana» (Homilía en ocasión del XV aniversario de la coronación del Papa, 29 de junio de 1978). Todas las preguntas del origen de la vida, incluyendo las de la procreación artificial y el aborto, recibirán una luz decisiva cuando se empiece de nuevo a concebir y a vivir la sexualidad como lo que es en realidad: fuente de vida humana. Pero también las preguntas sobre el final de la vida están vinculadas a lo anterior. Si se pueden dominar tecnológicamente las fuentes de la vida, ¿por qué no la vida misma? Si se puede dominar el inicio de la existencia humana, ¿por qué no dominar también su final? (Para profundizar estas cuestiones bioéticas desde una perspectiva católica, se ha programado para enero de 2019 el inicio de una nueva edición del Máster en Bioética y Formación, promovido por el Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II, junto al Instituto de Bioética y Humanidades Médicas de la Universidad Católica Sagrado corazón de Roma: www.masterbioetica.it). El respeto de la vida humana comienza con el respeto de los actos que están en su origen. El gran mérito de la Humanae Vitae es recordarnos esto.

 

Publicado por Stephan Kampowski, profesor de Antropología Filosófica, Pontificio Instituto Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y la Familia, Roma, en la Nuova Bussola Quotidiana; traducido por Elena Faccia Serrano para InfoVaticana.

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