Hilarión, el agua y los fieles difuntos

|

Estos días de doble celebración de nuestros muertos -los que componen la Iglesia Triunfante y la Purgante- es un buen momento para advertir el poco espacio que dedica hoy la jerarquía eclesiástica a recordarnos lo único importante: nuestro destino eterno y la salvación de nuestras almas.

Por debajo de la exasperantemente anodina guerra de palabras que enfrenta en publicaciones y redes sociales a partidarios de Halloween con defensores de nuestras tradiciones de Todos los Santos, pasa casi desaparcibido el hecho de que tanto la fiesta recientemente importada como la nacional tienen, en última instancia, el mismo objeto: los muertos.

O la muerte, ese destino que nos aguarda a todos y que, coincidirán conmigo hombres de todos los credos, dura bastante más que la vida. Es decir, que estos días son ocasiones ideales para que la Iglesia recuerde a los fieles que esto pasa volando, que es un campo de pruebas, y que lo que viene después -los Novísimos- es para siempre.

También sería la ocasión idónea para que el clero, desde el Papa hasta el último cura de aldea, recordara que su misión es llevar almas a Dios, procurar la salvación de las almas, advirtiendo a los fieles que este mundo es perecedero y el otro, eterno; que esta vida es «una mala noche en una mala posada» mientras que la otra no tiene fin. Y que nos salvemos o condenemos va a depender exclusivamente de lo que hagamos aquí.

Y, sin embargo, apuesto que lo han oído poco en su parroquia. Si no es así, felicidades, pero incluso en ese bendito caso, no parece ser algo que obsesione a nuestra jerarquía, a juzgar por lo que dicen, lo que hacen y lo que callan. Los partidarios de la ‘renovación’ de buena fe ponen mucho énfasis en señalar que nada de lo que sale de Roma contradice la perenne doctrina de la Iglesia si uno se entretiene en alambicadas interpretaciones caritativas, y bien puede ser cierto. No somos teólogos, pero seguimos confiando en que nuestra jerarquía no sea herética.

Pero en un mundo globalizado de comunicaciones instantáneas y omnipresentes en todos los formatos imaginables, es un poco ingenuo pretender que solo nos fijemos en los significados posiblemente ortodoxos de comunicaciones oficiales y en cambio ignoremos gestos, actitudes, decisiones, nombramientos, ceses y silencios. Sobre todo, silencios. San Francisco de Asís, el santo que el actual Papa ha querido honrar llevando su nombre y usando palabras suyas para titular una encíclica, Laudato Sì, decía que el cristiano debe evangelizar a toda hora «y, si es necesario, usar palabras».

Leo hoy que el Vaticano está promoviendo una cumbre internacional para debatir sobre la gestión del agua en el mundo; en concreto, se trata de una iniciativa del Dicasterio para el Servicio al Desarrollo Humano Integral. La semana pasada me llegaba la noticia de que «los obispos de todo el mundo» -es decir, las organizaciones supranacionales que representan a las distintas conferencias episcopales- habían hecho un urgente llamamiento conjunto a los gobiernos para que tomen medidas para combatir el Cambio Climático, un dogma que amenaza con hacer en nuestro siglo el papel que el sistema geocéntrico ptolomáico desempeñó hasta Copérnico.

Y como magro consuelo me entero hoy de que Hilarión, patriarca ortodoxo de Moscú, ha declarado que el Papa no es quien para mediar en la disputa que enfrenta a los rusos con Constantinopla a cuenta de la autocefalia a estrenar de la nueva iglesia ucraniana. El Papa tiene, por lo que sabemos, un gran interés en que los cismáticos mantengan cierta apariencia de unión, y el Vaticano ha opinado y se ha ofrecido a mediar. E Hilarión le ha venido a decir que si no tiene una iglesia propia que pastorear. Gracias, Hilarión.

Ojalá hubiera un Hilarión en la comunidad científica que le recordara a la jerarquía eclesiástica que, si doctores tiene la Iglesia, la ciencia también tiene los suyos para lo que les es propio, y que el Vaticano no tiene más autoridad en asuntos del clima que la Federación Española de Filatelia.

Lo que hace desasosegante para el fiel de a pie esa obsesión papal por el Planeta, ya sea con su insistencia sobre el Cambio Climático o con los plásticos en los océanos, es lo mal que se compadece con su ministerio, que debería partir de que «todo está en vías de destrucción», como dice el Apóstol, y con el hecho de que en la oración más común del cristiano pedimos que «venga a nosotros Tu Reino», en la idea de que no es este. Entiéndanme, no veo mal que se recomiende cuidar la Creación y todo eso; pero la insistencia, el tiempo y la energía dedicados a este asunto que, en el mejor caso, debería ser marginal para su misión, resultan desconcertantes.

Como con el sínodo pasado -actuaciones y guion-, como en las declaraciones de los obispos ante los problemas de la Iglesia en tal o cual asunto, lo que se transmite es una alarmante ausencia de referencias sobrenaturales, como si esto de aquí abajo fuera todo lo que hay. Olvidémonos por un momento de la extraña escatología, nunca satisfactoriamente aclarada, que el diario La Repubblica atribuyó en su día a Francisco en una entrevista con su fundador, Scalfari. En cualquier caso, nuestro destino eterno, el cuidado por la salvación de nuestra alma inmortal, y en general cualquier referencia a que existen realidades que superan lo que ahora podemos ver y tocar y que, de hecho, son las únicas permanentes, eso parece escandalosamente ausente de los mensajes y las alarmas de la jerarquía hoy.

 

Ayuda a Infovaticana a seguir informando

Comentarios
6 comentarios en “Hilarión, el agua y los fieles difuntos
  1. En cuanto al agua, se olvidan de las tradicionales rogativas para pedir que llueva y que haya un clima propicio para las cosechas. Fiarlo todo en la Iglesia a la acción humana, dejando al margen la acción de Dios, es apostar por un futuro de hambre y destrucción.

    En cuanto a la oferta de mediación a los ortodoxos, ya es el colmo que pretendan ocuparse de los asuntos de una Iglesia separada, mientras la Católica se resquebraja por los cuatro costados.

    Que todos los santos rueguen por nosotros para que seamos fortalecidos en la fe y la verdad, y librados de los lobos que se presentan con piel de cordero.

  2. Hilarión (Alfeyev) no es patriarca de Moscú, sino metropolita de Volokolamsk. De otro lado, la mediación papal tiene sentido si pensamos en una futura reunión con los cristianos orientales. El patriarcado de Moscú (liderado por Kyril) es profundamente antirromano (y no de ahora, ni del posconcilio), mientras que el patriarca ecuménico de Constantinopla (Bartolomé) es más abierto a estrechar lazos con la sede de Pedro. El triunfo de Moscú en esta trifulca por Ucrania significaría alejar aún más la perspectiva de reparar el cisma de 1054.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

 caracteres disponibles