Por su interés, reproducimos, traducido al español, el artículo de Inés San Martín en Crux bajo el título «reflexiones sobre la saga de los abusos».
En los últimos días me he sumergido en profundidad en el drama que está viviendo la Iglesia católica chilena, en una de los más grandes crisis de abusos sexuales cometidos por sacerdotes que ha habido nunca.
Es asqueroso. Es criminal. Es imperdonable. Tiene la capacidad de socavar la fe de una persona.
Y, sin embargo, una y otra vez, cuando comparto lo que he escrito sobre este tema, incluyendo un informe de 4.000 palabras sobre una red de depredadores homosexuales que hacen que los delitos del ex-cardenal Theodore McCarrick parezcan leves en comparación, recibo mensajes a través de las redes sociales y por email de americanos que me exigen que investigue al deshonrado cardenal estadounidense.
Déjenme compartir con ustedes unos pensamientos sobre esto. Habitualmente, en Crux no hacemos comentarios personales, pero a veces una historia llega a tener tanto eco que sólo informar sobre ella no es suficiente.
Hace unos días entrevisté a varios hombres de Chile que, mientras se estaban preparando para dedicar sus vidas a una institución que amaban, esperando poder servir a los fieles en nombre de un Dios al que conocieron en sus familias, fueron víctimas de abusos sexuales en sus seminarios, abusos perpetrados por las personas cuya misión era formarles.
Son hombres que vieron a su obispo ignorar las acusaciones. Hombres que, en junio, vieron al Papa Francisco aceptar la renuncia de ese mismo obispo, supuestamente por una cuestión de edad, sin que se hicieran, aparentemente, más preguntas.
Gente que no me conoce en absoluto me ha acusado en Facebook de haberme convertido en una periodista sensacionalista, que busca la parte más oscura y sucia de la Iglesia sólo por capricho. Es gente que no sabe que he vomitado más en estos últimos días que en toda mi vida. Gente que no sabe lo que he llegado a llorar en estos últimos días me ha acusado de querer acabar con la Iglesia.
Gente que no sabe cuánto ha sido puesta a prueba mi fe.
He llorado por las víctimas, por la inacción de la Iglesia, por la Comunión de los Santos.
Déjenme ser clara: lo que hizo McCarrick es terrible. Y lo que hizo la jerarquía de los Estados Unidos para encubrirle es asqueroso.
Por qué demonios se le permitió a un hombre, no con una, sino con dos resoluciones judiciales por conducta sexual inapropiada, seguir siendo cardenal durante casi dos décadas es algo que muchos tendrán que explicar cuando llamen a la puerta de San Pedro.
Pero por muy asqueroso y terrible que sea lo que sucedió en los Estados Unidos, lo que me destroza es saber que no es el único caso.
Durante años, unos cuantos cardenales del Vaticano intentaron convencernos que lo que había pasado en Boston, Irlanda y Australia era un “problema anglosajón”, limitado a una cultura y una región concretas. ¿Saben qué? Me sumergí dentro de la bestia y descubrí que no era así.
Por muy preocupante que sea el escándalo McCarrick para los católicos americanos que, día tras día, luchan para ser miembros orgullosos de la Iglesia fundada por el Hijo de Dios, que la confió a doce hombres, uno de los cuales le traicionó y los once restantes huyeron ante el primer atisbo de problemas, déjenme decirles que esto empeorará. Mi historia sobre un seminario chileno lo demuestra.
Y seguirá empeorando.
Pero también mejorará. Tiene que hacerlo.
No sé cómo, cuándo o cuánto mejorará.
Pero sé que sólo sucederá cuando seamos capaces de dejar de lado las ideologías.
Sucederá cuando dejemos de lado el orgullo y reconozcamos que no es la prensa la que persigue a la Iglesia. Algunos de nosotros estamos haciendo lo que hacemos con el apoyo de cardenales en los que -esperamos- podemos confiar.
Mejorará cuando dejemos de decir “todo el mundo lo sabía” (en el caso de McCarrick aparentemente todos, salvo los obispos de los Estados Unidos, según lo que han declarado en público cuando estalló el escándalo) y hagamos realmente algo al respecto.
Mejorará cuando nosotros, como Iglesia (sí, soy una católica bautizada y a pesar de los crímenes y pecados que he oído en estas últimas semanas, sigo yendo a misa los domingos), seamos capaces de arreglarlo y no lo no dejemos en manos de la “jerarquía”.
Los estudios dicen que en cualquier lugar del mundo, entre el 3 y el 7 por ciento de los sacerdotes son parte del problema.
Es una cifra enorme.
Pero el número de sacerdotes, obispos, monjas, religiosos y papas que quieren ser parte de la solución es aún mayor.
Encontrémosles. Apoyémosles. Sintámonos orgullosos de ellos. Recemos por ellos.
Y dejemos que el resto se pudra en el infierno.
Publicado por Inés San Martin en Crux; traducido por Elena Faccia Serrano para InfoVaticana.