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‘Dejad que nazcan en el asombro’

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En la década de los 70, tres profesores de la Universidad de Kansas iniciaron un programa de estudios que cambió la vida de muchos jóvenes en sus primeros años universitarios y provocó una ola de conversiones a la fe católica. Asentado en la tradición, el Programa de Humanidades Integradas (IHP) impulsado por Frank Nelick, Dennis Quinn y John Senior, invitaba a los estudiantes a profundizar en las grandes obras de la literatura y el legado de la civilización occidental, a nacer en el asombro y abrir sus mentes y sus corazones a las cosas buenas, bellas y verdaderas. El lema del programa era Nascantur in admiratione: “Que nazcan en el asombro”.

Uno de los alumnos cuya vida quedó transformada a raíz de su participación en este programa fue James D. Conley, hoy obispo de la diócesis de Lincoln. Durante su tercer año en la Universidad de Kansas abrazó la fe católica y fue su mentor y maestro en el Programa de Humanidades Integradas, John Senior, quien se convirtió en su padrino. A través de las enseñanzas de tres profesores de una universidad secular, Conley conoció la verdad, la belleza y la bondad de la Iglesia católica y se encontró con Cristo. 

Así lo explicaba él mismo años más tarde en un artículo en el que invita a crear escuelas que no sean “expendedores automáticos de información”, sino centros que sepan inculcar la maravilla y transformar las vidas y las culturas, del mismo modo que su vida quedó transformada gracias a sus estudios en la Universidad de Kansas.

Reproducimos a continuación el artículo del obispo de Lincoln publicado en el año 2013 en Catholic News Agency con el título “Dejad que se maravillen”:

“Maravillarse es el comienzo del conocimiento”, dijo el profesor John Senior, “el temor reverente que la belleza causa en nosotros”.

El profesor Senior edificó su vida alrededor de la maravilla –él se deleitaba en los misterios de este universo, y en el Misterio– de Dios, hacia el que nuestro mundo señala. El profesor Senior creía que si cada uno de nosotros miraba realmente al mundo que nos rodea, maravillándonos ante la naturaleza, la humanidad, nuestra propia oración y ante Dios, nos sentiríamos deleitados, llenos de curiosidad y de anhelo por aprender, comprender y conocer el mundo que el Señor ha creado. “Cada persona es reflejo de su Hacedor”, decía. “Sólo se necesita mirar”.

El profesor Senior fue uno de mis profesores en la Universidad de Kansas. Co-dirigió el Integrated Humanities Program (IHP), del que fui estudiante en los años 70. Y porque el profesor Senior y sus colegas creían que todos los misterios señalan al misterio de Dios, con el tiempo sus clases me llevaron a la fe católica.

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Por medio del “testimonio” de mis profesores en una universidad secular, conocí la verdad, conocí a Jesucristo y conocí la belleza y bondad de la Iglesia católica.

Las escuelas de la diócesis de Lincoln empezarán esta semana y la siguiente. Y mi oración es que puedan ser instrumento para que nuestros estudiantes conozcan, amen y sirvan a Jesucristo. Esta oración depende de la gracia, pero también depende de cada uno de nosotros.

Jean Jacques Rousseau, el filósofo de la Ilustración cuyos puntos de vista moldearon la visión actual sobre la educación, reflexiona certeramente que la formación debe respetar a la persona en su totalidad si quiere ser efectiva. En Emile, su obra acerca de la educación, observó que mediante la escolarización “hemos logrado un ser activo y pensante”. Sin embargo, añade, “para tener un hombre completo debemos conseguir hacer un ser capaz de afecto y sentimiento; es decir, la razón perfecta por vía del sentimiento”.

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Rousseau tenía razón. La educación debe incluir una formación al amor, la intuición y la empatía. Pero los cristianos saben que la razón no puede ser realmente perfecta por vía del sentimiento. La razón es perfecta por vía de la gracia. Este fue el gran fracaso en el concepto de educación de Rousseau.

El término educación deriva de la expresión latina ex ducere, que significa: “sacar” o “conducir”. Esto es, precisamente, la educación: sacar de los estudiantes su potencial, su sentido innato por el orden del mundo y, en última instancia, llevarlos a su destino, que es la eternidad en el cielo con Dios.

Cada estudiante está hecho para la santidad, está hecho para ser santo. Nuestras escuelas deben sacar de y conducir a nuestros estudiantes a su llamada personal a la santidad y a un sentido de la gracia que renueva sus mentes. Nuestras escuelas deben sacar de nuestros estudiantes bautizados el potencial de su bautismo: el potencial de amar tal como Dios ama. Nuestra misión educativa no se reduce a una mera transmisión de conocimientos factuales de historia, ciencia, literatura, o incluso de fe. Nuestras escuelas no son expendedores automáticos de información. Nuestra misión educativa empieza y acaba con nuestro potencial para la santidad.

Para los docentes, directores, pastores y administradores, esto significa que nuestras escuelas deben centrarse siempre en la salvación. Deben trabajar para inculcar la maravilla. No basta con que nuestras escuelas enseñen hechos sobre el catolicismo. Nuestras escuelas deben ser lugares auténticamente católicos.

Me siento orgulloso de decir que en las escuelas de la diócesis de Lincoln todas las materias se enseñan desde la perspectiva de la fe. Ciencia, historia, literatura, música y matemáticas: todas ellas señalan a Dios. Todas ellas pueden ser la piedra angular de la vida intelectual y la cultura católicas.

Me siento orgulloso también de nuestros padres. Los padres son los primeros educadores de los niños, los primeros profesores de sus hijos. Confían algunos componentes de la educación a nuestras escuelas, con las que trabajan codo con codo. Pero si las escuelas son lugares realmente católicos, es porque los hogares de nuestros estudiantes son lugares de oración, de diálogo franco y de vidas vividas como discípulos de Jesucristo.

Las escuelas pueden transformar las vidas. Y las culturas. Mi vida fue transformada gracias a mis estudios en la Universidad de Kansas. Cuando Sócrates creó una escuela en un mercado griego, transformó la cultura occidental para siempre. También nuestras escuelas pueden transformar las vidas. Y la cultura. Pido para que todos nosotros –padres, profesores y estudiantes– trabajemos juntos para que la salvación en Jesucristo sea la lección más perdurable que podamos enseñar.

(Publicado en 2013 por Catholic News Agency con permiso del Southern Nebraska Register, periódico oficial de la diócesis de Lincoln; traducido por Elena Faccia Serrano para InfoVaticana.)

 

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