Desde muy temprana edad, la beata Ana Catalina Emmerick tuvo numerosas visiones religiosas en las que contempló pasajes de la vida de Cristo y de la Virgen María y también los hechos vividos por los apóstoles tras la Ascensión. En el relato de las visiones de esta mística se incluye la fundación de la Iglesia de Roma por San Pedro:
«El 18 de enero llegó Pedro a Roma en compañía de los discípulos Marcial y Apolinar y de un acompañante llamado Marción. Desde Antioquía había ido, en el año 43, a Jerusalén; después a Nápoles y a varios otros lugares, hasta llegar a Roma.
Fue recibido muy bien, tanto él como sus ayudantes, por un tal Léntulo, noble romano que tenía conocimiento de la llegada de Pedro. Muchos romanos que habían oído la predicación de Juan sabían del Mesías y de sus milagros. Léntulo se puso en comunicación con estas personas y se hizo narrar muchas cosas acerca del Mesías. Concibió tal amor y deseo hacia Jesús, que en una grave necesidad que le afligió, tomó un lienzo finísimo y habiéndolo hecho tocar por Jesús por intermedio de persona de su confianza, después guardó esa prenda con grandísima devoción y reverencia.
Deseaba Léntulo pintar la faz de Jesús, por lo cual tuvo Pedro que darle muchos detalles sobre el particular. Muchas veces intentó pintar el rostro y siempre le decía Pedro que aún no se parecía al original. En una ocasión se quedó dormido en su trabajo y al despertar encontró terminada su obra de modo maravilloso, con un perfecto parecido. Léntulo fue uno de los primeros discípulos de Cristo en Roma.
Pedro habitaba en la casa de Pudente, que consagró como primera iglesia de Roma. Léntulo regaló muchas cosas para esta primera iglesia. Desde Roma fue Pedro a Éfeso, a la muerte de María, y de paso visitó Jerusalén. Estuvo en la silla episcopal de Roma durante veinticinco años. En el año 69 fue crucificado, a la edad de 99 años.»