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San Willibrord, cristianizando el norte

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José Miguel García Pimentel

Durante el medievo, el mundo cristiano ha trabajado para mostrar su visión del mundo a todos los rincones de la tierra conocida. El norte europeo no sería menos. Por ello, a lo largo del tiempo se sucedieron diversos grupos de misioneros que, Biblia en mano, buscaban proporcionar a los norteños la palabra divina y la salvación. Uno de los primeros en acceder al norte fue san Willibrord de Utrecht, también conocido como Willibrordo (al ser difícil pronunciar brord, se decidió castellanizar el nombre).

Vida de San Willibrord, una hagiografía

Conocido por ser el primer obispo de Utrecht (obispado desde el que se coordinarán los sucesivos intentos de predicación en toda Escandinavia y sus aledaños), sabemos que san Willibrord pasó un tiempo como misionero en tierras danesas. En su biografía, escrita por Alcuino de York durante el siglo VIII, se cuenta cómo el santo fue fruto de la unión entre un piadoso propietario llamado Wilgils y su mujer, quien tuvo una visión donde se le indicó que su futuro hijo daría luz a las tierras paganas sumidas en la oscuridad del paganismo. Debido a ello, cuando su hijo tuvo la edad mínima, fue aceptado en la iglesia de Ripon para convertirse en monje. Allí aprendió todo sobre las escrituras pero esto no fue suficiente. Willibrord quería algo más.

A la edad de veinte años (en torno al año 678), el monje sintió que su potencial estaba siendo limitado y vio en Irlanda la vía de escape que le permitiría seguir con su misión religiosa. Siguiendo a san Egberto pidió permiso a sus superiores para estudiar en la antigua Hibernia, donde vivió hasta cumplir los 33 años.

Siguiendo la visión de su madre, decidió partir hacia el norte sabiendo que era una tierra donde el cristianismo todavía no había arraigado. Allí entabló amistad con el rey franco Pipino el Breve quien le pidió que viajara a los confines de su reino para predicar la palabra divina. Visto su éxito, san Willibrord fue nombrado obispo por el papa Sergio I, consiguiendo así el control sobre la evangelización del norte europeo. Éste será el inicio de su predicación por las tierras septentrionales fuera de la protección del reino franco.

Su primer destino fue la tierra de los daneses donde conoció al rey Ongendus. Éste le trató con respeto pero no aceptó ni el cristianismo ni que Willibrord predicara en su reino. No obstante, sí que permitió que el ahora obispo escogiera a treinta jóvenes daneses para ser educados en el cristianismo.

Poco después tuvo un contratiempo en la isla de Heligoland, situada en la actual Alemania, donde se rendía culto al dios Fosite. Como el monje y sus nuevos acólitos necesitaban comida y bebida, éste decidió alimentarse del ganado que encontraron y se alimentaron de una fuente sagrada, hecho que enfureció al monarca pidiendo la muerte de los religiosos. Pero san Willibrord, calmado, dijo:

“Tu objeto de adoración, oh rey, no es dios sino el demonio, y él te tiene atrapado para poder enviar tu alma al fuego eterno. Porque no hay Dios salvo uno, quien creó el cielo y la tierra, los mares y todo lo que hay en ellos; y aquellos que le adoran con fe verdadera poseerán la vida eterna. Como su siervo recurro a ti hoy para que renuncies a los errores vacuos y habituales que tus antepasados han aceptado y para que creas en el único Dios todopoderoso, nuestro señor Jesucristo.”

Sus palabras disminuyeron la ira del rey pero no le convencieron. Aun así, sí que le permitió marchar y volver a tierras francas sin temor a ser atacado o perseguido. A partir de entonces, ya con el rey franco Carlomagno, decidió predicar en las nuevas tierras que iban siendo conquistadas fijando su base en la ciudad de Utrecht.

Ya anciano, Willibrord murió y fue enterrado en el monasterio benedictino de Echternach, Luxemburgo, ciudad donde hoy se levanta la basílica de san Willibrord. Tras su muerte, se relataron historias sobre cómo su cuerpo tenía todavía poder para curar a los enfermos y para ayudar a aquellos que le visitaban.

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Milagros de san Willibrord

El tratado de Alcuino incluye también multitud de milagros que el santo realizó tanto en vida como después de muerto. Veamos algunos:

En la ciudad de Walichrum existía un ídolo que representaba a un dios pagano. San Willibrord decidió romperlo enfureciendo a la persona que lo custodiaba. Éste, queriendo matar al obispo, intentó asesinarle con el filo de su espada pero sus ataques resultaron inútiles al no causarle daño alguno. Los compañeros de Willibrord, viendo el ataque, fueron inmediatamente a castigar al agresor pero el santo les disuadió y le permitió marchar.

Durante uno de sus viajes, los misioneros se encontraban sedientos y sin fuerzas al no poder encontrar agua dulce. Willibrord pidió a uno de ellos que cavara una pequeña zanja dentro de la tienda donde dormía. Una vez hecho, el santo se hincó de rodillas y rezó a Dios para que les ayudara en ese trance. Siendo sus plegarias escuchadas, de la zanja comenzó a surgir agua fresca que permitió a los misioneros continuar con su labor.

En otra ocasión, en Trèves había un convento de monjas que vivían pacíficamente pero un brote de peste causó estragos en la población. No fue menos con el convento St. Marien­ad ­Martyres donde muchas de las monjas enfermaron. Un buen día, el obispo decidió hacerles una visita. Reunió a toda la gente, celebró una misa para los enfermos y bendijo el agua con el que se asperjó los edificios. Al poco tiempo, la peste desapareció.

Más allá de la veracidad de los datos ofrecidos por Alcuino de York, san Willibrord marcó un precedente en las distintas campañas de evangelización que realizó en el norte europeo. Gracias a él, un siglo después el papa Pascual I decidió enviar al arzobispo Ebbo y al monje Willerich como legados papales. Su misión no era otra que la de continuar el trabajo de su predecesor en un momento en el que Luís el Piadoso, monarca del Imperio Franco, buscaba reconciliarse con la Iglesia apoyando este tipo de misiones.

1 comentarios en “San Willibrord, cristianizando el norte
  1. Que este santo interceda por la agonizante Europa, que apenas tiene hijos y matará mañana, después del sagrado fin de semana del verdugo, al niño Alfie Evans, cuyo único delito es padecer una enfermedad no diagnosticada.

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