Monseñor John Devine, máxima autoridad de la Iglesia Católica en la isla británica de Man, parece haber llevado al otro extremo el consejo de Francisco a los católicos al principio de su pontificado en el sentido de que no debíamos ‘obsesionarnos’ con cuestiones como el aborto y el matrimonio homosexual, y en una carta dirigida al más alto representante de la Corona en la isla deja tan clara su escasa simpatía por la causa provida como su confusión doctrinal sobre el aborto.
Hay que decir que no es el único. El Cardenal americano Cupich, por ejemplo, ha invitado a su ya célebre seminario sobre Amoris Laetitia a un antiguo miembro de Call to Action, una organización de abortistas pretendidamente católicos, y la entrega de la Orden Pontificia de San Alberto Magno a la política holandesa Lilianne Ploumen o el uso de la Catedral de Nápoles por la italiana Emma Bonino en campaña electoral parece indicar que, en efecto, hemos dejado de ‘obsesionarnos’.
Pero volvamos a Devine, que al menos dice expresarse a título personal y no en nombre de la Iglesia, como si las opiniones del señor Devine al margen de su cargo fueran a importarle al máximo cargo civil de la isla.
Devine quiere subrayar en su carta hasta qué punto es comprensivo hacia las mujeres que abortan, que no son «asesinas ni gente mala», y hacia los políticos que aprueban leyes abortistas que, como habrán adivinado, tampoco son «malas personas y solo quieren hacer lo que creen correcto».
Los que alteran los nervios del reverendo son los activistas provida, para quienes muestra mucha menos comprensión. Sus «intentos de indignar al público de la calle con material explícito no solo refuerza esa impresión [de hipocresía], también permite a aquellos con quienes buscamos un debate razonado y compasivo desechar nuestras genuinas y legítimas preocupaciones con las opiniones extremistas de un «sector ultra», lo que no es el caso».
No, no creo que nadie pueda situar a Devine entre extremistas de cualquier especie. De hecho, él SABE, tras sus cuarenta años de ministerio, que «todo aborto es un acto de desesperación». Según las estadísticas internacionales, una quinta parte de las mujeres que han abortado de manera voluntaria (20,8%) han tenido dos o más abortos, 16,2% un segundo, 3,4% un tercer aborto y 1,2% cuatro o más abortos. Eso parece desesperación recurrente.
Pero el motivo de la carta es que en Man va a aprobarse una nueva ley del aborto, y Monseñor Devine tiene «reservas» sobre la misma. Nada extremo, entiéndase. Nada que vaya a llevarle a «manifestaciones contraproducentes», faltaría más.
Quiere dejar muy, muy claro que él no es como esos horribles provida tan extremistas como para enseñar qué es, en la práctica, un aborto. De hecho, Devine comenta en su carta que él recuerda a sus parroquianos que «nuestra búsqueda en pos de la verdad nunca puede consistir en juzgar equivocado al resto del mundo para tener la satisfacción de tener razón».
Bueno, «para» eso, no. Pero parece extraño un sacerdote católico que predique la fe sin creer que es, con certeza, la verdadera y que, por tanto, quienes la contradicen se equivoca.
Al deán le preocupa, en suma, que se mate fetos ya muy formados (más allá de las 24 semanas) o que se aborte porque el niño tenga labio leporino, que se arregla con una cirugía sencilla. De los demás no se pronuncia.
Porque, añade, «la Iglesia Católica tiene un pobre historial sobre moralidad sexual» y «se nos puede acusar legítimamente de doble vara de medir, cuando no de hipocresía».
Si Devine, por «la Iglesia» se refiere a los católicos, clérigos y laicos, no puedo por menos que darle la razón e incluso ampliar el espectro: tenemos un pésimo historial en soberbia, envidia, avaricia, ira, pereza y gula. No porque seamos hipócritas, que eso sería defender lo contrario de lo que se cree, sino porque somos (¡atención, spoiler!) pecadores.
Siendo británico, quizá sería más ajustado a esa mentalidad militar en el puritanismo de Cromwell, con su rígida división de réprobos y justos. La Iglesia, debería saber mejor que yo, es un hospital de pecadores, pero sus verdades no disminuyen ni se empañan por muchas veces que las contradigan nuestros actos.