Uno de los principales temores de los críticos con la ambigüedad de Amoris Laetitia, la polémica exhortación papal que ha movido, primero, a cuatro cardenales con sus Dubia y luego a cuarenta teólogos y pensadores con su ‘correctio filialis’, es el riesgo de que una mala interpretación de la misma llevara a devaluar lo que para un católico es el centro de la vida espiritual: la Eucaristía.
Y esos temores parecen concretarse en la diócesis alemana (cómo no) de Stuttgart-Rottenburg, donde el teólogo católico Theodor Pindl ha ‘invitado’ a la comunión masiva de protestantes, es decir, de quienes niegan la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía en una nota de prensa (‘Kirche lädt ein’ -la Iglesia invita) donde se afirma que «la hospitalidad eucarística entre diferentes confesiones cristiana es ya una práctica en muchos servicios litírgicos. Pero oficialmente la Iglesia Católica niega a los cristianos protestantes el acceso a la Comunión”.
Ese ‘oficialmente’ es puro veneno en una época en que ha llegado a asociarse lo ‘oficial’ con todo lo rígido, hipócrita y urgentemente necesitado de ‘superación’. Pero lo que ha sucedido en Stuttgart-Rottenburg no es otra cosa que un sacrilegio masivo propiciado, oh sorpresa, por un teólogo católico.
La sacrílega invitación no se produce en un vacío ni surge de la nada. En el ‘Manifiesto de Ravensburg’, firmado el pasado día 8, podía leerse que el modo de iniciar el camino hacia una Iglesia ‘hospitalaria’ es «invitarnos unos a otros abierta y cordialmente a la Comunión y a la Celebración de la Última Cena». El ecumenismo enloquecido.
La iniciativa se retrotrae a 2013, cuando el llamado ‘Concilio de Ravensburg’ -un foro católico para el diálogo y el ecumenismo- culminó con este disparate. Desde noviembre de 2015, cada primer domingo de mes un grupo de ‘fieles’ forma una cadena humana que contecta las iglesias católicas y protestantes de la ciudad. Hasta ahí, nada que se salga de la ñoñería infantil, pero relativamente inocua, a que nos tienen acostumbrados los modernos activistas religiosos.
Pero en nuestros tiempos, el salto entre lo meramente grimoso y lo abiertamente herético y/o sacrílego parece darse siempre con una facilidad siniestra, y enseguida se pasó a invitar a los protestantes de participar en la una Eucaristía que ellos entienden de un modo muy distinto a los católicos.
No es fácil, de hecho, determinar qué cree estar haciendo un luterano cuando comulga, cuando la teoría del libre examen permite infinitas interpretaciones y el propio Lutero se mostró vago y cambiante al respecto, aunque la tesis más extendida es la de la ‘impanación’, es decir, que Cristo ‘convive’ en la Hostia con el pan.
Pero Pindl, portavoz del mal llamado ‘concilio’, escribió ya en 2016 que hay que echar abajo el muro que separa a católicos de protestantes. «Los participantes quieren expresar que la Iglesia católica necesita acercarse a la iglesia protestante», escribe Pindl. «Aún les prohíben las autoridades oficiales a los católicos -estén o no casados con un protestante- particiar en la celebración protestante de la Última Cena, a pesar del hecho de que los protestantes les invitan. Y a los protestantes -una vez más, estén o no casados con católicos- no se les permite recibir la comunión y no se les puede invitar».
Y, claro, Pindl no se conforma con que el sacrilegio se tolere en la práctica, sino que exige «una invitación activa» en el «espíritu acogedor de Cristo», que no «excluía a nadie de su mesa».
«La Iglesia -concluye Pindl- no es un área prohibida, sino la cada del padre».
Un teólogo alemán ‘invita’ al sacrilegio masivo en Stuttgart-Rottenburg
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