Burke rechaza plenamente el cisma: Es mentalidad mundana

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El purpurado estadounidense considera que el cisma es fruto de pensar «que la Iglesia está en nuestras manos y no en las de Cristo».

«En nuestro pensamiento y acción no puede haber sitio para el cisma, que es siempre y en todas partes un error.» Estas palabras pertenecen al cardenal Raymond Leo Burke y fueron pronunciadas el pasado 22 de julio en Estados Unidos.

En el texto de la conferencia que tuvieron ocasión de escuchar los asistentes a la celebración del Church Teaches Forum en Kentucky, el purpurado estadounidense asegura que el cisma es fruto de una mentalidad mundana: «El cisma es el fruto de la mentalidad del mundo, de pensar que la Iglesia está en nuestras manos y no en las de Cristo.»

El cardenal Burke recuerda que si bien hay que hacer «todo lo que esté en nuestras manos» para defender la fe católica «en cualquier circunstancia en la que esté siendo objeto de ataques», sabemos que «la victoria, al final, pertenece sólo a Cristo».

«Debemos estar preparados para aceptar cualquier sufrimiento por el bien de Cristo y de su Cuerpo Místico, nuestra Santa Madre Iglesia», advierte en su mensaje el cardenal, al tiempo que invita a estar dispuestos a «aceptar el ridículo, la tergiversación, la persecución, el exilio e incluso la muerte» con tal de permanecer uno con Cristo en la Iglesia.

En un tiempo de batalla particularmente feroz contra las fuerzas del mal, Burke asevera que «el servicio de los cardenales requiere de ellos una claridad y un valor particulares», así como «un deseo de aceptar cualquier sufrimiento que se requiera de ellos para ser fieles a Cristo y a Su Iglesia, «hasta la efusión de la sangre».»

Asimismo, ante la particular naturaleza de las pruebas de la Iglesia de nuestro tiempo, Burke destaca el deber de salvaguardar la fe en el Oficio Petrino y el amor por el sucesor de San Pedro, el Papa Francisco.

«El ministerio de San Pedro es esencial para la vida de la Iglesia. Debemos renovar diariamente nuestra fe en la Iglesia y en el oficio, don divino, del Romano Pontífice. Debemos rezar con fervor por el Santo Padre, para que sirva a Cristo con obediencia y total generosidad», añade.

A continuación, puede leer la conferencia íntegra del cardenal Burke:

Recientemente he participado en un congreso de tres días sobre Sagrada Liturgia, en el que han participado también muchos buenos sacerdotes jóvenes. He tenido varias ocasiones para hablar con ellos acerca de su ministerio sacerdotal. Como me sucede a menudo en muchos lugares que visito, los sacerdotes me expresaron su gran preocupación sobre la situación del mundo y de la propia Iglesia. Es una situación que puede ser sencillamente descrita como de confusión, división y error. A punto de terminar ya el congreso, un sacerdote joven se me acercó y me preguntó: «Cardenal, ¿cree usted que estamos en el final de los tiempos?». La expresión de su rostro reflejaba sinceridad y preocupación al plantearme la pregunta. Le respondí sin dudarlo: «Podría ser».

Estamos viviendo tiempos de gran incertidumbre en el mundo y en la Iglesia. La secularización ha arrasado la cultura de muchas naciones, sobre todo en Occidente, separando la cultura de su verdadero origen, que es Dios y Su plan para nosotros y el mundo. Hay un ataque diario y generalizado a la vida humana inocente e indefensa, lo que tiene como consecuencia una violencia sin precedentes en la vida familiar y en la sociedad en general. Tenemos la ideología de género, que es incluso más violenta y que difunde una confusión absoluta sobre nuestra identidad como hombre y mujer, y lleva a la profunda infelicidad y autodestrucción de muchas personas de nuestra sociedad. Tenemos también la negación de la libertad religiosa que intenta obstaculizar, si no apagar totalmente, cualquier discurso público sobre Dios y nuestra necesaria relación con Él. Al negar la libertad religiosa se quiere forzar a las personas temerosas de Dios a actuar contrariamente a lo que les dicta su conciencia, es decir, a actuar contra la ley de Dios escrita en sus corazones. En países supuestamente libres, el gobierno fuerza la aceptación en la sociedad del aborto, la esterilización, la anticoncepción, la eutanasia y la falta de respeto por la sexualidad humana, hasta el punto de adoctrinar a los niños más pequeños en la perversa «teoría de género».

Al mismo tiempo, el materialismo ateo y el relativismo llevan a la búsqueda inescrupulosa de la riqueza, el placer y el poder, mientras que la ley, bajo el mando de la Justicia y los jueces, es pisoteada. En tal condición cultural generalizada de desorden, existe el miedo legítimo a una confrontación global cuyas consecuencias pueden ser sólo la destrucción y la muerte de muchos. Claramente, si la situación actual del mundo persiste, nos llevará a la aniquilación total.

El mundo nunca ha necesitado tanto como ahora la sólida enseñanza y la dirección que Nuestro Señor, con Su inconmensurable e incesante amor hacia el hombre, desea darnos a través de Su Iglesia y, sobre todo, de sus pastores: el Romano Pontífice, los obispos, en comunión con la Sede de Pedro, y sus principales colaboradores, los sacerdotes. Pero, de una manera diabólica, la confusión y el error, que han llevado a la cultura humana a la muerte y a la destrucción, han entrado también en la Iglesia, que se acerca a la cultura sin saber cuál es su identidad y su misión, sin tener la claridad y el valor de anunciar el Evangelio de la Vida y el Amor Divino a una cultura radicalmente secularizada. Un ejemplo: tras la decisión del Parlamento alemán, el 30 de junio, de aceptar los denominados «matrimonios entre personas del mismo sexo», el Presidente de la Conferencia Episcopal Alemana declaró que dicha decisión no era una preocupación principal de la Iglesia que, en su opinión, debería estar más preocupada por la intolerancia hacia personas que sufren la atracción hacia el mismo sexo. Claramente, en este enfoque ya no encontramos la justa y necesaria distinción entre el amor que nosotros, como cristianos, debemos siempre sentir hacia la persona que peca y el odio que debemos siempre tener hacia los actos pecaminosos.

El Papa Benedicto XVI, en su mensaje en ocasión de la Misa Exequial por el Cardenal Joachim Meisner, arzobispo emérito de Colonia, Alemania, hizo referencia a la situación general de la Iglesia en relación con la cultura. Habiendo tenido el privilegio de conocer bastante bien al Cardenal Meisner y de haber trabajado con él en defensa de la enseñanza de la Iglesia en relación al matrimonio, la comunión y la ley moral, sé lo mucho que sufrió por la cada vez mayor confusión sobre la enseñanza de la Iglesia, dentro de la propia Iglesia. Expresó con claridad las mismas inquietudes que el Papa Benedicto XVI, inquietudes que aparentemente eran mutuas; pero al mismo tiempo reafirmó, como nos enseña nuestra fe, su confianza en Nuestro Señor que prometió permanecer junto a Su Cuerpo Místico «todos los días, hasta el final de los tiempos».

Respecto a las permanentes preocupaciones pastorales del Cardenal Meisner, el Papa Benedicto XVI escribió:

Sabemos que para este pastor y sacerdote apasionado fue difícil abandonar su puesto, sobre todo en unos tiempos en los que la Iglesia tiene la necesidad particular y urgente de convencer a los pastores a resistir la dictadura del espíritu de la época y a vivir la fe, y defenderla, con firmeza. Sin embargo, lo que más me emocionó en este periodo último de su vida es que supo soltar y vivir con la profunda convicción que el Señor no abandona a Su Iglesia, incluso cuando la nave está a punto de zozobrar.
La última vez que hablé con el Cardenal Meisner en Colonia, el 4 de marzo de este año, estaba sereno pero, al mismo tiempo, expresó su determinación de seguir luchando por Cristo y por las verdades que Él nos enseña, en una línea ininterrumpida, a través de la Tradición Apostólica.

La fidelidad del Cardenal Meisner a su oficio de pastor de la grey, incluso cuando ya no era arzobispo de Colonia, fue una gran fuente de fortaleza para muchos pastores de la Iglesia que luchan, cada día, para llevar a su grey hasta Cristo. Por las razones que sean, muchos pastores se quedan silenciosos ante la situación en la que se encuentra la Iglesia o han abandonado la claridad de la enseñanza de la Iglesia en aras de la confusión y el error que piensan, erróneamente, pueden afrontar de manera más efectiva el colapso total de la cultura cristiana. El joven sacerdote que me planteó la pregunta sobre la naturaleza posiblemente apocalíptica de los tiempos presentes en la Iglesia y en el mundo hablaba desde una experiencia en la que enseñar las verdades de la fe con integridad es un desafío cada vez mayor, a la vez que es testigo de lo que parece una falta de claridad y valor por parte de las más altas autoridades eclesiásticas.

De hecho, esta cultura totalmente materialista y relativista, acogida y apoyada con fuerza por los medios de comunicación social seculares y la presión política de secularistas ricos y poderosos, fomenta la confusión y la división en la Iglesia. Hace un tiempo, un cardenal de Roma comentó lo positivo que era que los medios seculares ya no atacaran a la Iglesia, como solían hacer durante el pontificado de Benedicto XVI. Mi respuesta fue que la aprobación de los medios de comunicación seculares era para mí signo de que la Iglesia está fracasando tremendamente en su ser testimonio claro y valiente de la salvación del mundo, para el mundo.

Junto al interés de los enemigos de la Iglesia de alabar y promocionar la confusión y el error dentro de la Iglesia, está la lectura política que se hace a nivel mundial del gobierno de la Iglesia. Para los artífices de una Iglesia secular y politizada, quienes exponen lo que la Iglesia siempre ha enseñado y practicado son, ahora, los enemigos del Papa. La doctrina y la disciplina que, junto al Culto Sagrado, son los dones esenciales que Cristo nos hace en la Iglesia, son ahora considerados como los instrumentos de unos supuestamente rígidos fundamentalistas que intentan dificultar la atención pastoral de los fieles tal como la desea el Papa Francisco. Incluso somos testigos de la triste situación de miembros de la jerarquía que se acusan públicamente entre ellos de tener un plan político y mundano, igual que hacen los políticos que se acusan unos a otros para llevar adelante un plan político.

A este respecto, la plenitud del poder (plenitudo potestatis), esencial para ejercer el oficio del Sucesor de San Pedro, está falsamente retratada como un poder absoluto, traicionando así la Primacía del Sucesor de San Pedro que es el primero entre nosotros en obediencia a Cristo vivo por nosotros en la Iglesia a través de la Tradición Apostólica. Voces seculares fomentan la imagen del Papa como un reformador que es un revolucionario; es decir, como una persona que lleva a cabo la reforma de la Iglesia rompiendo con la Tradición, la regla de fe (regula fidei) y la correspondiente regla de ley (regula iuris). Pero el oficio de San Pedro no tiene nada que ver con la revolución, que es sobre todo un término político y mundano. Como enseña el Concilio Vaticano II, el Sucesor de Pedro «es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad tanto de los obispos como de la multitud de los fieles». La plenitud del poder, el libre ejercicio del oficio del Romano Pontífice, es precisamente protegerle del tipo de pensamiento mundano y relativista que lleva a la confusión y la división. También le permite anunciar y defender la fe en su totalidad. Describiendo lo que se conoce como «el poder de las llaves», el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que está fundado en la confesión de San Pedro en la que reconoció a Nuestro Señor como Dios, el Hijo Encarnado para nuestra salvación eterna, y declara:

Pedro, a causa de la fe confesada por él, será la roca inquebrantable de la Iglesia. Tendrá la misión de custodiar esta fe ante todo desfallecimiento y de confirmar en ella a sus hermanos.

Por lo tanto, es absurdo pensar que el Papa Francisco pueda enseñar algo que no esté de acuerdo con lo que sus predecesores, por ejemplo, el Papa Benedicto XVI y el Papa San Juan Pablo II, hayan solemnemente enseñado.

Respecto a las frecuentes declaraciones del Papa Francisco se ha creado la popular idea que cada una de sus declaraciones debe ser aceptada como una enseñanza papal o Magisterio. Los medios de comunicación ciertamente han querido coger y elegir entre las declaraciones del Papa Francisco para demostrar que hay una revolución dentro de la Iglesia Católica, que está cambiando radicalmente su enseñanza respecto a algunas cuestiones claves de la fe y, sobre todo, de la moral. La cuestión se complica porque el Papa Francisco suele hablar de una manera muy coloquial, ya sea en las entrevistas concedidas en los aviones o en los canales de noticias, o en las consideraciones espontáneas que hace a distintos grupos. Al ser éste el caso, cuando uno sitúa sus declaraciones dentro del contexto propio de la enseñanza y práctica de la Iglesia, puede ser acusado de hablar contra el Santo Padre. Recuerdo que uno de los ilustres Padres de la Sesión Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, que tuvo lugar en octubre de 2014, se me acercó durante una pausa y me dijo: «¿Qué está pasando? ¿Los que siempre hemos apoyado lo que la Iglesia enseña y practica somos ahora los enemigos del Papa?». El resultado es que uno puede sentir la tentación de permanecer en silencio o de explicar doctrinalmente con un lenguaje que confunda o que incluso contradiga la doctrina.

El modo como he llegado a comprender el deber de corregir la comprensión popular en lo que concierne a la enseñanza de la Iglesia y las declaraciones del Papa es distinguir, como siempre ha hecho la Iglesia, las palabras del hombre que es el Papa y las palabras del Papa como Vicario de Cristo en la tierra. En la Edad Media, la Iglesia hablaba de los dos cuerpos del Papa: el cuerpo del hombre y el cuerpo del Vicario de Cristo. Efectivamente, la vestidura tradicional pontificia, sobre todo la muceta roja con la estola en la que están representados los Apóstoles San Pedro y San Pablo, visiblemente representa el verdadero cuerpo del Papa cuando expone la enseñanza de la Iglesia.

En el pasado la Iglesia no estaba acostumbrada a un Romano Pontífice que hablara públicamente de manera coloquial. De hecho, siempre se ha prestado mucha atención para que cualquier palabra del Papa que fuera publicada concordara claramente con el Magisterio. Hace algunos meses hablé con un cardenal que cuando era un joven prelado había trabajado muy estrechamente con el Beato Papa Pablo VI. Pablo VI era un orador brillante que a menudo hablaba sin un texto preparado de antemano. Estos sermones se transcribían para ser publicados, pero el Papa nunca permitió su publicación sin revisar minuciosamente el texto escrito. Como le dijo al joven prelado: «Soy el Vicario de Cristo en la tierra y tengo la seria responsabilidad de asegurarme que ninguna de mis palabras pueda ser interpretada de manera contraria a la enseñanza de la Iglesia».

El Papa Francisco a menudo ha elegido hablar con su primer cuerpo, el del hombre que es Papa. De hecho, incluso en documentos que en el pasado habían representado una enseñanza más solemne, él declara que no está ofreciendo una enseñanza magisterial, sino lo que él personalmente piensa. Pero quienes están acostumbrados a una manera diferente de hablar del Papa quieren que cada una de sus declaraciones sea, de alguna manera, parte del Magisterio. Hacerlo es contrario a la razón y a lo que siempre ha comprendido la Iglesia. Sencillamente, es erróneo y perjudicial que la Iglesia reciba cada declaración del Santo Padre como una expresión de la enseñanza papal o del Magisterio.

Distinguir entre los dos tipos de discurso del Romano Pontífice no es, de ninguna manera, irrespetuoso del Oficio Petrino. Y, menos aún, constituye una enemistad hacia el Papa Francisco. De hecho, es lo contrario: demuestra un máximo respeto hacia el Oficio Petrino y hacia el hombre a quien Nuestro Señor lo ha confiado. Si no hiciéramos esta distinción perderíamos fácilmente el respeto al Papado o nos inclinaríamos a pensar que, si no estamos de acuerdo con las opiniones personales del hombre que es el Romano Pontífice, entonces tenemos que romper la comunión con la Iglesia.

En cualquier caso: cualquier declaración del Romano Pontífice debe entenderse dentro del contexto de la enseñanza y práctica continua de la Iglesia, no sea que la confusión y la división sobre la enseñanza y práctica de la Iglesia entre en su cuerpo y cause un gran daño a las almas y a la evangelización del mundo. Recordemos las palabras de San Pablo al principio de la Carta a los Gálatas, un comunidad de primeros cristianos en la que hubo una gran división y confusión. Como buen pastor de su grey, San Pablo escribió las siguientes palabras para abordar una situación preocupante:

Me maravilla que hayáis abandonado tan pronto al que os llamó por la gracia de Cristo, y os hayáis pasado a otro evangelio. No es que haya otro evangelio; lo que pasa es que algunos os están turbando y quieren deformar el Evangelio de Cristo. Pues bien, aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os predicara un evangelio distinto del que os hemos predicado, ¡sea anatema! Lo he dicho y lo repito: Si alguien os anuncia un evangelio diferente del que recibisteis, ¡sea anatema! Cuando digo esto, ¿busco la aprobación de los hombres, o la de Dios?, ¿o trato de agradar a los hombres? Si siguiera todavía agradando a los hombres, no sería siervo de Cristo.

Mientras mantenemos firmemente la fe católica en lo que atañe al Oficio Petrino, no podemos caer en la idolatría del papado, lo que causaría que cualquier palabra pronunciada por el Papa sea doctrina, incluso si es interpretada de manera contraria a las palabras de Cristo; por ejemplo, en lo que concierne a la indisolubilidad del matrimonio. Más bien, lo que tenemos que hacer con el Sucesor de Pedro es esforzarnos por comprender más y de manera más plena la palabra de Cristo para así vivirla mejor y más perfectamente. Sorprendentemente, hace algunos meses el Superior General de los Jesuitas sugirió que no podemos saber lo que Cristo dijo realmente sobre cualquier tema concreto puesto que no hay grabaciones de sus discursos. Además de lo absurdo de esta afirmación, da la impresión que ya no hay una enseñanza y práctica de la fe constante como nos ha llegado a nosotros, en una línea ininterrumpida desde la época de Cristo y los Apóstoles.

Del mismo modo, no es una cuestión del denominado legítimo «pluralismo» en la Iglesia, es decir, de una legítima diferencia de la opinión teológica. Los fieles no son libres de seguir opiniones teológicas que contradigan la doctrina contenida en las Sagradas Escrituras y la Tradición Sagrada, y confirmada por el Magisterio ordinario, incluso si dichas opiniones son ampliamente aceptadas en la Iglesia y no son corregidas por sus pastores, como deberían hacer.

Al participar en el centenario de las apariciones de Nuestra Señora de Fátima, debemos recordar cómo su Mensaje o, como a veces es llamado, su Secreto, habla principalmente de una difundida apostasía en la Iglesia y del fracaso de los pastores de la Iglesia en corregirla. El triunfo del Inmaculado Corazón de María es, ante todo, el triunfo de la Fe que nos enseña cuál es nuestra correcta relación con Dios y con los otros.

Seguramente, Cristo el Buen Pastor exige que quienes están ordenados para actuar en Su persona en nombre de toda la grey salgan en busca de la oveja perdida. Pero cuando el buen pastor encuentra a la oveja perdida no la deja en la condición en la que la encuentra, sino que la carga sobre sus hombros para devolverla a la grey. El verdadero pastor del rebaño, conformado a Cristo Buen Pastor sacramentalmente, lucha para ser más fiel en su identidad sacerdotal, es un buen padre que sale a buscar a su hijo o hija perdido y, así, devolverlo al rebaño, a Cristo el único que nos salva de nuestros pecados. Haciendo referencia a la alegría del pastor que ha llevado de vuelta a casa a la oveja perdida, Nuestro Señor concluye la Parábola de la Oveja Perdida con estas palabras:

Y cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos y les dice: «¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido». Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

¿Cuál debe ser, entonces, nuestra respuesta a los extremadamente difíciles tiempos que vivimos, tiempos que de manera realista parecen ser apocalípticos? Debe ser la respuesta de la fe, de la fe en Nuestro Señor Jesucristo que está vivo por nosotros en la Iglesia y que nunca deja de enseñar, santificar y guiarnos en la Iglesia, incluso cuando prometió permanecer con nosotros hasta Su vuelta en el Día del Juicio para inaugurar «nuevos cielos y una nueva tierra», para dar la bienvenida a los fieles al Banquete de Bodas del Cordero. Sabemos lo que Cristo nos enseña en la Iglesia. Está contenido en el Catecismo de la Iglesia Católica, en la enseñanza oficial de la Iglesia. Su enseñanza no cambia. En medio de la actual confusión y división, debemos estudiar más detalladamente las enseñanzas de la fe contenidas en el Catecismo de la Iglesia Católica y estar preparados para defender a quienes enseñan contra cualquier falsedad que puede minar la fe y, por consiguiente, la unidad de la Iglesia.

Al mismo tiempo, en nuestra angustia por las muchas y preocupantes manifestaciones de confusión, división y error en la Iglesia, no debemos dejar de reconocer también la gran cantidad de signos edificantes de fidelidad a Cristo en la Iglesia. Pienso en la gran cantidad de hogares católicos buenos en los que el conocimiento, el amor y el servicio a Cristo es el centro de su vida. Pienso en la gran cantidad de buenos e inquebrantables fieles, sacerdotes y obispos que viven la fe, testimoniándola en su vida diaria. En los problemáticos tiempos que vivimos es importante que católicos buenos y fieles se reúnan para profundizar su fe y animarse los unos a los otros. Por favor, permítanme observar que The Church Teaches Forum proporciona un servicio de gran importancia para todos nosotros en la Iglesia, sobre todo en una época en la que ésta está en crisis.

Para permanecer totalmente unidos a Cristo, para ser un único corazón con el Sagrado Corazón de Jesús, debemos dirigirnos a la Santísima Virgen María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, para imitar la unicidad de su Corazón Inmaculado con el glorioso y traspasado Corazón de Jesús y para buscar su intercesión maternal. Las palabras fundamentales de la Virgen Madre del Redentor grabadas en los Evangelios son las palabras que ella pronunció a los servidores del vino en las Bodas de Caná, que se dirigieron a ella angustiados por la falta de vino para los huéspedes de los recién casados. Ella les respondió, para ayudar en esa situación de gran malestar, guiándoles hasta su Divino Hijo, también un huésped de las Bodas, e indicándoles: «Haced lo que él os diga». Estas sencillas palabras expresan el Misterio de la Divina Maternidad por la que la Virgen María se convirtió en la Madre de Dios, haciendo que Dios trajera al mundo a su Hijo Encarnado. Por el mismo misterio, ella sigue siendo el canal de todas las gracias que manan inconmensurables y sin cesar del glorioso corazón traspasado de Su Divino Hijo a los corazones de sus fieles hermanos y hermanas en su peregrinación terrena, hasta su hogar eterno con Él en el Cielo. Nuestra Santísima Madre no hará menos por nosotros de lo que hizo por los servidores del vino en las Bodas de Caná y nos acercará siempre más a Cristo, el único que nos trae la paz en medio de nuestras dificultades.

Al invocar la intercesión de la Santísima Virgen María, debemos también invocar frecuentemente a lo largo del día la intercesión de San Miguel Arcángel. No hay duda que la Iglesia está en medio de un tiempo de batalla particularmente feroz contra las fuerzas del mal, contra Satanás y su cohorte. Hay una implicación claramente diabólica en la cada vez mayor confusión, división y error dentro de la Iglesia. Como San Pablo nos recuerda en la Carta a los Efesios: «Porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire». San Miguel es nuestro defensor en esta batalla, es nuestro «amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio» que no duerme mientras «ronda por el mundo buscando la ruina de las almas».

Nuestra Santísima Madre también nos hace conscientes de nuestra comunión con todos los santos y, en particular, con su casto esposo y padre adoptivo de su Divino Hijo, San José. San José es el patrono de la Iglesia universal. Debemos rezarle diariamente por la paz en la Iglesia, por la protección contra todas las formas de confusión y división, que son siempre obra de Satanás. No es por casualidad que uno de los títulos de San José es «Terror de los Demonios». Como un buen padre, él intercederá por la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo.

Nuestra Santísima Madre nos guiará también para buscar la intercesión de San Pedro para su sucesor, el Papa Francisco, para que sepa cómo afrontar la grave situación del mundo y de la Iglesia, enseñando fielmente la palabra de Cristo y exponiéndola del modo afectuoso y firme de un verdadero padre espiritual ante la situación del mundo hoy. Debemos también invocar la intercesión de los grandes Papas Santos que guiaron a la Iglesia en tiempos difíciles con santidad heroica. Pienso en San León Magno, San Gregorio Magno, San Gregorio VII, San Pío V, San Pío X y San Juan Pablo II.

De una manera particular, debemos rezar por los cardenales de la Iglesia, que son los principales consejeros del Romano Pontífice, para que sean una verdadera ayuda para el Santo Padre en el ejercicio de su tarea como «es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad así de los Obispos como de la multitud de los fieles». En tiempos así, el servicio de los cardenales requiere de ellos una claridad y un valor particulares, y un deseo de aceptar cualquier sufrimiento que se requiera de ellos para ser fieles a Cristo y a Su Iglesia, «hasta la efusión de la sangre» (“usque ad effusionem sanguinis”).

Al acercarnos a la Madre de Dios, que indefectiblemente nos conduce hasta su Divino Hijo, debemos permanecer serenos gracias a nuestra fe en Cristo, que no permitirá que «las puertas del infierno» prevalezcan sobre la Iglesia. Serenidad no significa ignorar o negar la gravedad de la situación del mundo y de la Iglesia. Significa que somos plenamente conscientes de la seriedad de la situación, pero que, al mismo tiempo, encomendamos todas las necesidades del mundo y de la Iglesia a Cristo nuestro Salvador a través de la intercesión de la Santísima Virgen María, San Miguel Arcángel, San José y todos los santos.

Serenidad significa que no caemos en la desesperación del mundo que se expresa de manera agresiva y egoísta. Nuestra confianza está depositada en Cristo. Sí, tenemos que hacer todo lo que esté en nuestras manos para defender nuestra fe católica en cualquier circunstancia en la que esté siendo objeto de ataques, pero sabemos que la victoria, al final, pertenece sólo a Cristo. Por lo tanto, cuando ya hayamos hecho todo lo que podamos, estaremos en paz, incluso si sabemos que somos «siervos inútiles».

En nuestro pensamiento y acción no puede haber sitio para el cisma, que es siempre y en todas partes un error. Debemos estar preparados para aceptar cualquier sufrimiento por el bien de Cristo y de su Cuerpo Místico, nuestra Santa Madre Iglesia. Como San Atanasio y otros grandes santos que defendieron la fe en tiempos duros en la Iglesia, debemos estar dispuestos a aceptar el ridículo, la tergiversación, la persecución, el exilio e incluso la muerte con tal de permanecer uno con Cristo en la Iglesia, bajo la protección maternal de la Santísima Virgen María. Recemos para que al final de nuestra peregrinación en la tierra podamos decir como San Pablo:

He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación.

El cisma es el fruto de la mentalidad del mundo, de pensar que la Iglesia está en nuestras manos y no en las de Cristo. La Iglesia de nuestro tiempo tiene una gran necesidad de purificarse de cualquier pensamiento mundano. Como San Pablo, que sufrió tanto en su predicación de la fe a todas las naciones, debemos alegrarnos de acoger en nuestros cuerpos los sufrimientos de Cristo por el bien de Su Esposa, la Iglesia.

Dada la particular naturaleza de las pruebas de la Iglesia de nuestro tiempo, debemos salvaguardar sobre todo nuestra fe en el Oficio Petrino y nuestro amor por el sucesor de San Pedro, el Papa Francisco. Nuestro Señor ha constituido Su Iglesia sobre el firme fundamento de San Pedro y sus sucesores. El ministerio de San Pedro es esencial para la vida de la Iglesia. Debemos renovar diariamente nuestra fe en la Iglesia y en el oficio, don divino, del Romano Pontífice. Debemos rezar con fervor por el Santo Padre, para que sirva a Cristo con obediencia y total generosidad.

Para concluir, en respuesta al joven sacerdote que expresó su preocupación porque tal vez estemos viviendo el final de los tiempos, tras decir que tal vez pueda ser, sigo diciendo que no debemos preocuparnos si estos tiempos son apocalípticos o no, sino que debemos permanecer fieles, generosos y valientes en nuestro servicio a Cristo en Su Cuerpo Místico, la Iglesia. Porque sabemos que el capítulo final de la historia de estos tiempos ya está escrito. Es la historia de la victoria de Cristo sobre el pecado y su fruto más mortal, la muerte. A nosotros nos queda escribir, con Cristo, los capítulos intermedios mediante nuestra fidelidad, valentía y generosidad con Sus verdaderos colaboradores, como verdaderos soldados de Cristo. Es nuestro deber ser siervos buenos y fieles que esperan para abrir la puerta al Amo en Su Venida.

Espero que estas reflexiones sean de ayuda en vuestro vivir la fe católica lo más plena y perfectamente posible en estos tiempos problemáticos. De manera particular, espero que os ayuden a vivir en paz a la sombra del Corazón Inmaculado de María, bajo el cual Dios Hijo tomó un corazón humano para que nosotros tuviéramos siempre paz en los nuestros. Hagamos nuestro el himno más antiguo conservado a la Virgen Madre de Dios, encontrado en un papiro egipcio del siglo III:

Bajo tu protección nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita.

De manera similar, recemos las palabras del antiguo himno de Vísperas en las festividades de la Santísima Virgen María, Ave Maris Stella:

Muéstrate Madre, y llegue por Ti nuestra esperanza. A quien, por darnos vida, nació de tus entrañas.
No dudemos nunca de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre de la Divina Gracia, que nos conduce a su Divino Hijo, para que nuestros corazones, uno con su Corazón Inmaculado, descansen siempre en el de Su Hijo, única fuente de nuestra salvación. Para que así tengamos paz. Conoceremos, amaremos y serviremos a Cristo cada día.

Gracias por vuestra atención. Por favor, rezad por mí. Que Dios os bendiga a vosotros, vuestros hogares y todas vuestras tareas.

Raymond Leo Cardenal BURKE

(Traducción de Helena Faccia Serrano para InfoVaticana)

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Comentarios
4 comentarios en “Burke rechaza plenamente el cisma: Es mentalidad mundana
  1. En esta entrevista parece inminente la corrección formal.
    EN UNA NUEVA ENTREVISTA
    Cardenal Burke: «Urgencia de resolver los dubia pesa hondamente en mi corazón»
    En una amplia entrevista el cardenal Raymond Burke recalca la importancia de clarificar los dubia que presentó con otros tres cardenales sobre la Amoris Laetitia.

    23/09/17 11:36 PM
    (LifeSiteNews/InfoCatólica) Dos de los cuatro cardenales que presentaron los dubia al Papa Francisco para aclarar las interpretaciones dudosas de la Amoris Laetitia han muerto. Pero esto no impedirá que los dos cardenales restantes «continuemos la importante labor de resolver los dubia», explicó el cardenal Raymond Burke en una nueva entrevista.

    En una amplia entrevista con el sitio de noticias de la diócesis de Parramatta, Catholic Outlook, el cardenal afirmó que «la urgencia de una respuesta a los dubia deriva del daño hecho a las almas por la propagación de la confusión y el error, que se producen al no responder las cuestiones fundamentales planteadas y que no se haga de acuerdo con la constante práctica y enseñanza de la Iglesia». Esta urgencia «pesa hondamente en mi corazón», agregó.

    La confusión causada por Amoris Laetitia ha llevado a la muchas personas a «sentir que la Iglesia no es un punto seguro de referencia», dijo Burke.

    «No hay claridad sobre estos asuntos», dijo. «Estas personas están en una situación muy difícil. Es un hecho palpable que tenemos conferencias de obispos que se contradicen entre sí en cuanto a la interpretación de Amoris Laetitia, en donde se ven unos obispos contradiciéndose mutuamente; tenemos además fieles laicos que discuten entre sí sobre esto; y también a sacerdotes que están sufriendo porque los fieles acuden a ellos, esperando respuestas que no son posibles porque han recibido una de estas interpretaciones erróneas de Amoris Laetitia. Como resultado, ya no entienden las enseñanzas de la Iglesia».

    «Ustedes saben que en la Iglesia solo tenemos un guía, el Magisterio, la enseñanza de la Iglesia, pero ahora parecemos estar divididos en facciones políticas», explicó Burke. «Además, incluso el lenguaje que se usa es muy mundano y eso me preocupa mucho».
    El cardenal Burke, uno de los defensores más firmes en la Iglesia de la ortodoxia católica, dijo que la Iglesia puede ofrecer «dirección» y llevar a la transformación cultural «en términos de respeto a la vida humana, respeto a la integridad de la familia y respeto a la libertad religiosa».

    Lamenta la muerte de sus hermanos cardenales

    También expresó su pesar por el fallecimiento de dos de los cuatro firmantes de los dubia, los cardenales Joachim Meisner y Carlo Caffarra. De los cuatro, solo él y el cardenal Walter Brandmüller siguen vivos.

    Dijo que Caffarra «sufrió profundamente» porque «la confusión y el error en la Iglesia ha ocasionado un grave daño a las almas».

    «A lo largo de los años, fui bendecido por la amistad del cardenal Carlo Caffarra, un sacerdote destacado y un gran estudioso sobre la teología del matrimonio y la vida familiar», dijo Burke. «Durante los últimos tres años, he trabajado muy de cerca con él en la defensa del matrimonio y la vida familiar ante una creciente confusión y propagación del error, que también han penetrado en la Iglesia».
    «En cada encuentro con el cardenal Caffarra, me impresionó su pureza de corazón y su carácter totalmente sacerdotal», continuó Burke. «Él amó a Cristo y su Cuerpo Místico, la Iglesia, con todo su corazón. Por eso, sufrió tan profundamente el hecho de que la actual situación de confusión y error en la Iglesia causara un grave daño en las almas».
    Pero Caffarra «nunca cuestionó la presencia de Nuestro Señor con nosotros, según su promesa a los discípulos, y nunca cuestionó la maternal intercesión de la Virgen Santísima, Madre de Nuestro Señor».

    «Aunque estamos tristes por haber perdido la colaboración terrenal de estos dos grandes pastores y prelados, estamos seguros de que ellos continuarán intercediendo con sus oraciones inspiradas por su duradera caridad pastoral », dijo Burke.
    Los liberales en la Iglesia «hacen ataques personales» mientras claman por el «diálogo»

    El cardenal explicó que los medios a menudo lo malinterpretan y tratan de presentarlo fundamentalmente como un opositor del Papa.

    «Presentan al Papa Francisco como una persona maravillosa y abierta, y no hay nada malo en eso, pero me describen como todo lo contrario», dijo Burke. «Creo que cualquier persona que haya tenido alguna experiencia conmigo como sacerdote u obispo diría que soy muy pastoral y, de hecho, no veo ninguna contradicción entre ser pastoral y ser fiel en anunciar la enseñanza de la Iglesia y obedecer la ley de la Iglesia ».

    «Están haciendo una caricatura de alguien que pide claridad sobre ciertos asuntos, están diciendo “él es el enemigo del Papa” y “está tratando de construir una oposición al Papa”, lo que por supuesto no es el caso en lo absoluto», aclaró Burke.
    Burke denunció la tendencia de los progresistas en la Iglesia a atacar personalmente a cualquiera que no esté de acuerdo con ellos mientras fingen que apoyan el «diálogo».

    «Lo que encuentro de manera consistente entre los llamados liberales, aquellos que llaman a la revolución en la Iglesia es que quieren diálogo, siempre y cuando estén de acuerdo con ellos», dijo Burke. «En el momento en que planteas una pregunta, se vuelven muy despectivos, hacen ataques personales, lo que llamamos argumentos ad hominem, y así sucesivamente. Eso realmente no es útil. Estamos hablando de verdades, estamos hablando de hechos y no hay lugar para este tipo de ataques».

    «Es una manera muy mundana de acercarse a las cosas, no tiene lugar en la Iglesia, pero ahí es donde estamos ahora», dijo. «La gente incluso hace comentarios despectivos sobre otras personas, cuando no están de acuerdo con ellos».
    Reza por cardenales y otros en la Iglesia que lo atacan

    «Son Cardenales de la Iglesia» y en «posiciones de tremenda responsabilidad», dijo. «También tengo una cierta fraternidad con ellos como miembros del mismo Colegio, el Colegio de Cardenales, por lo que no hace falta decir que rezo por ellos».
    Esperanza en Nuestro Señor

    Burke alentó a los católicos a no renunciar nunca a la esperanza «no importa qué confusión o incluso divisiones entren en la Iglesia».

    «Debemos aferrarnos aún más fielmente a lo que la Iglesia siempre ha enseñado y practicado», dijo el cardenal. «Y de esa manera realmente salvaremos nuestras propias almas, con la ayuda de la gracia de Dios ».

    «Nuestro Señor siempre permanece con nosotros en la Iglesia», continuó. «Él es nuestro principal sacerdote y guía, y por lo tanto debemos tener confianza en llevar una vida cristiana. Debemos tener esperanza en Él».

  2. ¡PERO SI EL PODER LO TENEIS YA EN TODO EL MUNDO!
    UN IMPERIO MUNDIAL, UNIVERSAL, EL SOL JAMAS SE PONE EN LOS DOMINIOS DE LA IGLESIA CATÓLICA
    NADIE CON MAYOR PODER QUE LA IGLESIA CATÓLICA IMPERIAL
    ¿ CABE MAYOR MUNDANIDAD?
    ¿ CABE MUNDANIDAD MAS EVIDENTE?

    ¿ NO DIJO JESUCRISTO QUE SU REINO NO ERA «DE ESTE MUNDO»? ¿ DE QUE MUNDO ES EL REINO DE LA IGLESIA CATÓLICA?

  3. Es un error pensar que los temas tratados en las dubia no son lo suficientemente graves para originar un cisma si una parte de la Iglesia se empecina en una postura contraria a la tradición y al Magisterio perenne de 2000 años, hasta el mismo sujeto que ocupa el sitio del pontífice ha aceptado la posibilidad de un cisma. Negar que la gravedad de las dubia y de Amoris Laetitia pueden generar un cisma y llamarlo mundano al que opina lo contrario es demostrar hasta qué punto uno está comprometido en la defensa de la fe, es decir: «defenderemos la fe y la Iglesia siempre que no genere un cisma y en caso contrario cederemos ante la herejía, ese es el mensaje del cardenal Burke». Sin embargo a su favor hay que decir que es el único que hace algo aunque no entiende mucho sobre lo que está llevando a cabo y no se sabe hasta qué punto está comprometido en la causa de la fe.

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