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La casa de la Virgen, descubierta gracias a Ana Catalina Emmerick
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La casa de la Virgen, descubierta gracias a Ana Catalina Emmerick

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16 Julio, 2017

“De lo que no se trata, bajo ningún concepto, es de narrar, una vez más, y hasta sus mínimos detalles, tal descubrimiento, sino de contar la intrahistoria -el making off, que diría un cursi- de la larga producción de un breve documental, La Señora de Éfeso”. Gonzalo Altozano desde Éfeso para InfoVaticana:

Una corresponsalía en la Casa de la Virgen

A las comprobaciones habituales previas a cada viaje -los billetes, el pasaporte, el cepillo de dientes-, se añadieron en esta ocasión los permisos de rodaje, lo que le hizo sentir a uno, siquiera por unos instantes, como sir David Attenborough la víspera de grabar uno de sus documentales. Porque de lo que se trataba era de viajar a Éfeso, en Turquía, y, una vez allí, aprovisionarse de recursos gráficos con los que, de regreso en Madrid, armar una pieza con una de esas historias -la del descubriendo de la Casa de la Virgen- que, por regular contadas que estén, hacen que el café del desayuno se te quede frío o te pases de parada en el metro, si eres de los que vas leyendo en el vagón o viendo vídeos con el móvil.

Visiones y revelaciones completas de Ana Catalina Emmerick, en 5 tomos

De lo que no se trata, bajo ningún concepto, es de narrar, una vez más, y hasta sus mínimos detalles, tal descubrimiento, sino de contar la intrahistoria -el making off, que diría un cursi- de la larga producción de un breve documental, La Señora de Éfeso.

Todo empezó hace la tira de años, doce por lo menos, cuando tras los maratonianos cierres de los miércoles de una revista, un periodista, todo entusiasmo a pesar de las horas, le contó a un compañero de camino al parking una historia; la de cómo en 1891 dos curas franceses, legos en arqueología, equipados únicamente con unas brújulas, habían hallado unas ruinas en la ciudad de Éfeso, descritas con todo detalle poco años atrás por una visionaria alemana que, lo más asombroso de todo, jamás había estado allí.

Fue aquella noche de hace doce años que uno de los dos periodistas, el que de camino al coche iba escuchando con asombro creciente al otro, se prometió que algún día viajaría a Éfeso, para comprobar todo aquello con sus propios ojos. No sospechaba entonces el periodista que antes que Éfeso visitaría Düllmen, aprovechando un viaje de verano en tren para documentar la pista europea de los Reyes Magos. Düllmen, el típico pueblito alemán, en la zona de Westfalia, donde no es raro que gane la CDU, y más relacionado con todo lo que aquí se cuenta de lo que en un principio pudiera parecer.

Cualquiera que visite Düllmen podrá reparar -salvo que una ingesta masiva de salchichas, chucrut y cerveza le nuble la vista- en una curiosa imagen que, de pronto, a uno le puede asaltar en un folleto de la oficina de turismo, o en un imán de nevera en una tienda de souvenirs, o en un baldosín de la acera o en una placa conmemorativa.

Se trata de la imagen de una monja envuelta en vendas, famélica como si solo se alimentara del pan de la Eucaristía y algún sorbo de agua, y con cierta expresión ausente de la que vive sin vivir en sí. Es Ana Catalina de Emmerick, la monja agustina, que, sin moverse del lecho del dolor (allá en Düllmen, donde está enterrada), ni ser capaz siquiera de situar en el mapa la ciudad de Éfeso, describió la casa en la Virgen María pasó sus últimos días en la tierra, y, como queda relatado, con una precisión tal que, algunos años después, aquellos dos curas franceses, valiéndose de sus visiones, dieron con el lugar.

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Que el hallazgo sucedió como se cuenta, a la espera de testimonio probatorio en contra, explica que, ya en el siglo XX, la Iglesia declarara el lugar santuario mariano, contándose entre sus millones de peregrinos tres papas de Roma: Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI. De este manera, la Iglesia no solo daba por buenas las visiones de Emmerick -o al menos no las negaba-, sino que confirmaba también una vieja y venerable tradición, tanto escrita como oral: la de que San Juan y, por tanto, la Virgen (“Hijo, ahí tienes a tu Madre. Madre, ahí tienes a tu hijo”) llegaron a vivir en Éfeso.

Claro que uno siempre puede dejar a un lado el peso de la tradición, el valor del documento o las visiones de una monja (por muy beata de la Iglesia que esta sea), y preferir el papel del testigo presencial, con billete de ida y vuelta, para, desde el terreno, o sea, Éfeso, y cámara al hombro o, mejor y más cómodo, armado solo de un boli pilot y un bloc de tapa blanda, formarse una certeza, siquiera sea moral.

El lugar, allá en las montañas, alejado del bullicio all included de los hoteles que de noche asemejan enormes trasatlánticos iluminados, con el mar y las ruinas de la ciudad de Éfeso por horizonte, y una brisa de la tarde como la de cuando Dios andaba por los caminos, el lugar, digo, le sugerirá a uno un tópico detrás de otro, que si “marco incomparable”, que si “cachito de cielo”. Aunque ¿quién dijo que los tópicos son, por definición, mentira?

Pero, ojo, que el marco incomparable, que el cachito de cielo, no sugerirán únicamente tópicos, también razonamientos muy bien engrasados. Por ejemplo: si es cierto que, tras la muerte de Cristo, san Juan se hizo cargo de la Virgen, y no hay motivo para dudarlo, ¿no tiene todo el sentido que la llevara consigo a algún lugar a salvo de toda persecución, Éfeso, sin ir más lejos, la Nueva York del siglo I, como apuntan todos los guías turísticos? Y María, siendo como era la Madre de todo un Dios, ¿carece acaso de lógica que eligiera para su último sueño en la tierra un lugar -perdamos el miedo a parecer cursis y llamémosle “paradisíaco”- desde el cual la asunción a los cielos no resultara algo del todo chocante?

Este y otros pensamientos, en fin, es normal que te vengan a la mente bajo la sombra de una higuera, con el peligro añadido de que te pase lo que a san Virila, quien tenía dudas de eternidad y pasó trescientos años, en Leyre, en la sierra de Errando, escuchando el canto de un pajarito, sin darse él cuenta. Pero uno no es santo. Ni siquiera navarro. Con que el principal y mayor peligro de peregrinar hasta la Casa de la Virgen, en Éfeso, es quedarse allí.

Y, peligro sobre peligro, añadir el del ridículo. Por ejemplo, desempolvar la carta blanca de la mili y solicitar el reenganche, a tus cuarenta tacos, en la gendarmería que custodia -y qué bien puesto el verbo- el santuario mariano. O pretextar los meses de fregaplatos a los dieciocho años en Quaglino’s, Londres, para solicitar un trabajo de camarero en el muy bien aprovisionado Café Turco, también en el

recinto. O hacer lo propio con el puesto de jefe de mantenimiento alegando por toda experiencia aquel verano de jardinero en Ayamonte.

O, ya puestos, pedir a los de Infovaticana que te nombren su corresponsal en el lugar, sabiendo de antemano que el trabajo es poco, una o dos crónicas al año y los titulares inspirados de lo alto; como cuando un incendio en 2006 pareció que iba a arrasarlo todo y se detuvo, en el último momento, frente a la Casa de la Virgen, llevando el milagro aparejado el titular: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia”.

Oficina de Turismo de Turquía
http://turismodeturquia.com

Turkish Airlines
http://turkishairlines.com

Hotel Palm Wings Ephesus
http://ephesus.palmwings.com

Tutku Tours Turkey
http://tutkutours.com

Paloma Baruh, guía, Cuneyt Ates, conductor

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