«Mi relación con Rusia comienza en el lejano 1983…»

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Prólogo de Lucio Vallejo Balda al libro «Santi di tutti i giorni» del padre espiritual de Putin, el archimandrita Tikhon.

Mi relación con Rusia comienza en el lejano 1983. En aquél año era un joven estudiante de teología y recuerdo como en el primer viaje a Roma tuve la gran suerte de encontrarme personalmente con el Papa Juan Pablo II. Recuerdo claramente las palabras que me dijo en nuestro primer encuentro; El Papa Wojtyla me dijo que  me preparara bien y estudiara duramente para que nosotros- refiriéndose a mí y a otro joven seminarista- nos convirtiéramos en sacerdotes del 2000, llamados a sostener la Iglesia en cada parte del mundo y a ayudar a la sociedad a superar las barreras y divisiones que reinaban en esos años (una clara referencia al Muro de Berlín). Pensando hoy sobre sus palabras, está claro como ya en 1983, Juan Pablo II, proveniente de un país del bloque soviético, sentía gran inquietud por un mundo dividido en dos y por los grandes países, como  Rusia, que tenían una relación muy conflictiva con la religión y los cristianos.

En la homilía de aquél 31 de diciembre de 1983, el Papa dijo estas palabras: ‘En la última hora del Año Viejo, deseamos pedir a Dios el perdón por esto: por todo aquello que por modo directo o indirecto, no hemos dado la bienvenida a Cristo. Todo el mal de mundo, cada pecado del hombre, personal o social, es una “no-bienvenida” de Cristo. Todo aquello que se dirige contra el hombre, contra su dignidad, contra su vida y derechos. Todo aquello que amenaza las familias, los ambientes, la entera sociedad y a la humanidad, es una “no-bienvenida” a Cristo’.

Posteriormente, en 1987, el año de mi ordenación sacerdotal (Año Santo Mariano), al terminar la celebración de la primera Misa solemne recitamos la oración de Juan Pablo II creada para el año Santo. Aquella oración unía a católicos y ortodoxos y dirigiéndose a la Virgen, decía: “A ti, Madre de los cristianos, confiamos en un modo especial los pueblos que celebramos, en el curso de este año Mariano, el sexto centenario o el milenio de su adhesión al Evangelio. Su larga historia ha sido marcada profundamente por la devoción hacia ti”.

El Papa Juan Pablo II, en la carta encíclica Redemptoris Mater, hablaba de Rusia y de los ortodoxos. Afirmaba: “También entre los hermanos desunidos, muchos honran y celebran la madre del Señor, especialmente los orientales. Es una luz mariana proyectada sobre el ecumenismo. En particular, querría todavía recordar que durante el Año Mariano recorrerá el Milenio del bautismo de san Vladimiro, Gran Príncipe de Kiev (a.988), que dio inicio al cristianismo en los territorios de Rusia, y como consecuencia, en otros territorios de Europa oriental; y de este modo, mediante la evangelización y el cristianismo se ha extendido también a otras zonas de Europa, hasta los territorios del continente asiático. Queremos, por lo tanto, especialmente durante este año, unirnos en oración con todos aquellos que celebran el Milenio de este bautismo, ortodoxo y católico, renovando y confirmando con el Concilio aquellos sentimientos de alegría y de consolidación porque ‘los Orientales… contribuyen en venerar la Madre de Dios, siempre virgen, con un fervor ardiente y ánimo devoto’. También, si todavía experimentamos los dolores de la separación, originada unas décadas después, (a. 1054), podemos decir que delante de la Madre de Cristo nos sentimos verdaderos hermanos y hermanas en el ámbito de aquél pueblo llamado a ser una única familia de Dios en la tierra”.

Por el escrito de arriba, la verdadera cercanía con el pueblo ruso llegó en los años 90, gracias a un amigo mío sacerdote. Este último, recogiendo el desafío y la exhortación del Papa Wojtyla, decidió irse a Rusia y dedicar algunos años de su vida a mantener la Iglesia Católica en la antigua Europa del Este, iniciando también un profundo dialogo con los cristianos ortodoxos. En el curso de esa década, esta circunstancia me permitió entrar a menudo en contacto con la cultura rusa, lo que me llevó a comprender los aspectos más profundos y complejos, en manera muy directa también a través de algunos de mis viajes a Moscú y San Petersburgo.

He podido así conocer personalmente una realidad hasta aquel momento casi desconocida, una realidad que me ha abierto el corazón y a la que estoy  inseperablemente ligado.

He tocado con mi mano la gran cercanía que nosotros los católicos tenemos con los hermanos cristianos ortodoxos. Rusia es un extraordinario país cuyas raíces mantienen una historia en común con nosotros, por lo tanto ninguno podrá jamás realmente entender a fondo la historia de Europa y del cristianismo sin persistir sobre el papel de Rusia y de Moscú, como Roma.

Personalmente he decidido sellar mi relación especial con el país ruso presidiendo desde el 2000 una asociación llamada “Los amigos de Rusia- San Nicolás”, nacida con el objetivo de sostener las misiones de los sacerdotes católicos en Rusia y tratando al mismo tiempo, de reforzar el diálogo con los amigos ortodoxos.

Esta introducción proporciona el porqué de mi cercanía a este libro y al autor, Tikhon Shevkunov. Es fácil intuir cómo yo había aceptado con gran entusiasmo el poder presentar este maravilloso libro. En su interior, descubriréis una fantástica muestra de vidas cotidianas y muchísimas historias conmovedoras de gente común; todas personas preparadas para ayudar y sostener al prójimo como en la enseñanza evangélica más alta que Dios nos dejó.

Este libro tiene además el mérito de explicarnos a todos nosotros los ciudadanos que vivimos fuera del muro de Berlín, aquello que sucedía en aquel lugar de la otra parte del muro. Esto se encuentra a través de las historias escogidas por el autor, pero también sobre todo a través de su biografía personal. El Padre Tikhon subraya los bienes y los momentos que han caracterizado su vida y su camino de fe, siendo hoy una importante figura en el interior de la Iglesia Ortodoxa. El autor, que pertenece al monasterio Sretensky en Moscú, cubre actualmente no solo el puesto de secretario ejecutivo de consejo patriarcal para la cultura, sino que también es universalmente conocido como un importante referente espiritual. Ciertamente, todo esto, junto a la belleza de este volumen, explica el increíble éxito de ventas obtenido en el curso de estos años.

Muchos de los hechos contados en este libro, tienen sin duda correlación con nuestro mundo y nuestra sociedad occidental, pero la forma en la cual todo viene narrado, representa un auténtico descubrimiento para el lector. Entramos así  en contacto con un mundo que hasta hace pocas décadas era casi totalmente diferente del nuestro, por lo que en él encontramos relaciones humanas, hábitos y  diferentes tradiciones.

El autor es sin duda un gran conocedor de la historia, desde sus raíces a su contemporaneidad. Podemos por lo tanto afirmar cómo a través de estas páginas emerge claramente el alma del pueblo ruso. Las referencias a su rica historia religiosa hacen que comprendamos como el cristianismo se ha desarrollado en diversas formas y maneras. Es verdaderamente emocionante sentir con simplicidad, pero con mucha profundidad, los sentimientos de los cristianos rusos. Me atrevo a decir que para nosotros los cristianos de tradiciones romanas, es como descubrir un hermano que hace mucho tiempo vive lejos de nosotros pero con el que compartimos las mismas raíces familiares. La abundante religiosidad rusa, apoyada por una profunda fe, se alza de manera muy definida a través de estas historias de santidad; aquella santidad que es la finalidad principal de la predicación de Jesús. Sin embargo la belleza de este libro reside sobre todo en los rayos de optimismo presentes en su interior. Creo que obras como estas son indispensables para reforzar las acciones de cada uno de nosotros a favor del próximo, tratando de estimularnos y sostener a los más necesitados. Después de haber leído todas estas espléndidas historias, no teóricas sino hechos de vida concretos, el autor pone cada lector ante una pregunta de fondo: ¿Qué hago yo por los demás? ¿Cómo ayudo yo al necesitado? Bastaría con las pequeñas acciones cotidianas como aquellas que realizan los personajes de las páginas de este libro. Es esta la gran fuerza del libro. Empuja e invita a mejorar por el bien común. Mejorar cada uno de nosotros, en nuestro día a día, en nuestra vida cotidiana.

La personalidad fascinante y magnética del Padre Tikhon es sin duda un valor que suma. No es un libro de historia, pero encontraréis en su interior muchos elementos históricos. No es un libro religioso, pero encontraréis fundamentos de la religión cristiana. No es un libro de política pero encontraréis algunas historias de carácter político relativo a los últimos años. Es cierto que esta edición será muy apreciada en Italia, en un país  donde la presencia de los cristianos es la base de la sociedad. Imagino que las historias del Padre Tikhon podrán también ser un reflejo del  desafío de la unidad de los cristianos, divididos muchas veces por hechos históricos olvidados y superados. Creo que el cristianismo será muy fuerte en el mundo de hoy si en el interior de nuestra rica diversidad estaremos en disposición de encontrar la necesaria unidad. Hoy es más indispensable que nunca.

El  Padre Tikhon es sin duda un gran hombre de fe, sin embargo no quiere convertir o tratar de convencer a ninguno a través de las historias de este libro. Sobre todo con su lenguaje simple y directo quiere testimoniar y contar su propia experiencia, uniéndola a otras vidas simples. Su título Santos de todos los días quiere decir personas comunes que se comportan como santos.

El Papa Francisco hablando de la santidad decía: “Debemos tener bien presente que la santidad no es cualquier cosa que proporcionamos nosotros, que obtenemos con nuestras cualidades y capacidad. La santidad es un don que nos da el Señor Jesús, cuando nos lleva con él y nos da la oportunidad de ser como él (….) Cada uno responde a sí mismo, en el interior, en silencio: ¿Cómo hemos respondido hasta ahora la llamada del Señor a la santidad? ¿Tengo ganas de convertirme en alguien mejor, de ser más cristiano, más cristiana? Este es el camino de la santidad. Cuando el Señor nos invita a convertirnos en santos, no nos llama a cualquier cosa pesada, triste… ¡Todo lo contrario! Él nos invita a compartir su alegría, a vivir y ofrecer con alegría cada momento de nuestra vida, haciendo que se convierta en un don de amor para las personas que están cerca de nosotros. Si entendemos esto, todo cambia y adquiere un significado nuevo, un significado bello, un significado para comenzar desde las pequeñas cosas de cada día”. (Papa Francisco, 19 noviembre 2014).

¿Cómo no recordar las espléndidas palabras del Papa Benedicto XVI pronunciadas sobre la fe ortodoxa y sobre el culto por San Nicolás, el santo más venerado de Rusia?: “El Papa se complace que este edificio venga a encontrarse, aquí en Bari, con la devoción de los ortodoxos rusos hacia San Nicolás. El pueblo ruso tiene un gran amor hacia este gran Santo, que lo ha sostenido en los momentos de alegría y dificultad. En estos testimonios también esta Iglesia ortodoxa rusa de San Nicolás realizada en los inicios del siglo pasado para hospedar a los peregrinos, que, especialmente en los viajes hacia la Tierra Santa hacía parar en Bari, punto de encuentro entre el Oriente y el Occidente, para venerar las reliquias del santo. ¿Y cómo no reconocer que esta bella Iglesia despierta en nosotros una nostalgia por la plena unidad y tiene vivo en nosotros el compromiso de trabajar por la unión entre todos los discípulos de Cristo?”.

Como se cuenta en este libro, a menudo los pequeños gestos abren el camino a grandes experiencias. Reflexionando sobre las palabras del Papa Benedicto XVI,  me gustaría imaginar como este año, el año del Jubileo de la Misericordia, un gesto simbólico podría verdaderamente acercar a católicos y ortodoxos. Por ejemplo, las reliquias de San Nicolás, el santo más amado por los ortodoxos, cuyas reliquias están en Bari en una basílica debajo del trono de Pedro, podrían ser ofrecidas de manera temporal para la veneración al pueblo ruso como signo de amor en Jesús.

Hace tiempo el autor dijo una frase muy significativa: “Este libro es de todos nosotros. Nosotros estamos llamados a la santidad cada día, a pesar de nuestras debilidades y a pesar de nuestros errores”.

Cada uno podrá decir que este libro es solamente un conjunto de bellas historias, algo nada equivocado. Pero os puedo asegurar que después de haberlo leído, no seréis más la misma persona de antes.

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Comentarios
0 comentarios en “«Mi relación con Rusia comienza en el lejano 1983…»
  1. Yo tampoco lo encuentro «inquitante».
    Me disgusta que el redactor de Infovaticana no se haya explicado más.
    ¿Son inquietantes las citas de los papas Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco? ¿Es inquietante el anhelo por la unidad de los cristianos? ¿Es inquietante la llamada universal a la santidad? ¿Es inquietante la propuesta de que las reliquias de San Nicolas viajen temporalmente de Italia a Rusia para que los ortodoxos tengan la oportunidad de venerarlas «in situ»? …

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