Fidel Herráez recuerda a la ACdP que «no es la hora de los pusilánimes»

|

Publicamos a continuación el discurso del Consiliario Nacional de la Asociación Católica de Propagandistas, don Fidel Herráez, arzobispo electo de Burgos. Asistimos ya a la XVII edición del Congreso de Católicos y Vida Pública, después de una rica trayectoria  en la que se han  ido abordando diversas realidades, para  promover siempre  la participación, la  reflexión y el  compromiso. Mi sincero saludo a quienes presiden hoy este acto de inauguración. Y mi  cordial acogida para todos y cada uno de los participantes interesados en el tema que en esta ocasión nos ofrece el Congreso.

  1. Católicos en la vida pública

El Congreso se presenta, año tras año, como Congreso de Católicos en la Vida Pública. Ese es el motivo fundamental que, con uno u otro tema o lema,  sigue vigente. Y hoy, en esta embocadura del Congreso,  me gusta subrayarlo. Porque se trata de darnos espacios de encuentro y animación mutua para romper el dualismo que con demasiada frecuencia vivimos entre la fe privada, que es subjetiva, y las distintas esferas de la vida pública en las que los católicos podemos y nos debemos implicar. En la Asociación Católica de Propagandistas y en el enfoque de sus Obras y proyectos, siempre ha estado presente este pensamiento gracias a los fines fundacionales, que se basan en una clara vocación por  llevar el Evangelio a la vida pública y por la búsqueda decidida del bien común. Agradecemos que con la organización de este Congreso se evidencie una vez más esa identidad y misión, que tenemos el reto de seguir actualizando y potenciando. En la Exhortación Apostólica Christifideles laici, de San Juan Pablo II, que trata de la «vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo«, se pone especial atención  en la naturaleza, dignidad, espiritualidad, misión y responsabilidad de los laicos en la tarea de anunciar y testimoniar el Evangelio en  medio del mundo,  desde sus  distintos trabajos, ocupaciones y situaciones de vida familiar y social. En la introducción se parte de la parábola del amo de la viña (Mateo 20, 3-4)  que   llama a unos jornaleros sin trabajo, dice la parábola, y les dice : «Id también vosotros a mi viña»; la  Exhortación Apostólica  refiere  la  llamada expresamente a los laicos, que son  enviados  a anunciar la Buena Noticia de Jesucristo, para lo cual tienen un lugar único e irreemplazable en los más variados sectores del mundo y de la sociedad. «No han sido llamados, se dice citando unas palabras del Concilio,  a abandonar el lugar que ocupan en el mundo, sino que se les confía una vocación que afecta precisamente a su situación intramundana. Los fieles laicos son llamados por Dios para contribuir, desde dentro a modo de fermento (…) y así manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con la luz de su fe, esperanza y caridad (LG, 31). Es necesario, por tanto, mirar y amar este mundo nuestro con sus progresos y sus problemas, con sus inquietudes y esperanzas, con sus luces y sus sombras,  porque esa es la Viña del Señor  para nosotros,  el campo en el que los laicos católicos  están llamados a trabajar y a vivir su misión, que en definitiva es evangelizar, hacer  presente en esa tierra el Reino de Dios.  El Papa Francisco en  la Evangelii gaudium, ese hermoso documento que destila la alegría de evangelizar, se refiere al mundo contemporáneo como el desierto donde son muchos los signos de la sed de Dios y del sentido último de la vida,  aunque se manifiesten de forma implícita y aún negativa.»Y en el desierto, nos dice el Papa,  se necesitan sobre todo personas de fe que con su propia vida indiquen el camino y, de esta forma, mantengan viva la esperanza. En todo caso estamos llamados a ser personas cántaro para dar de beber a los demás» (EG, 86)              Pienso que en los tiempos que corren, tiempos recios diría santa Teresa, no está demás insistir en  la misión específica  de los católicos en la vida pública, para afianzar  las convicciones y  renovar las actitudes  que nos lleven de la teoría a la práctica hasta donde sea posible.  

  1. La construcción de la democracia: responsabilidad y bien común

             También el Papa Francisco,  en la Evangelii gaudium ya citada, tiene unas palabras que abundan en el punto anterior y nos abren al tema de este Congreso: “Nadie puede exigirnos, dice, que  releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los asuntos que afectan a los ciudadanos». E insiste: «una auténtica fe – que nunca es cómoda e individualista- siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra»(EG, 183).              Uno de los ámbitos de presencia de los católicos en la vida pública es la política. Tema complejo que necesitamos vivir en sociedad de manera ordenada, justa y pacífica, respondiendo a la búsqueda del bien común y al compromiso de construirlo entre todos. Pero podemos preguntarnos: ¿qué aporta la fe cristiana al compromiso sociopolítico? Sin duda, este Congreso, con las diversas temáticas que se irán abordando en las ponencias y en los encuentros de los grupos, ayudará a  iluminar principios y a consolidar posturas de participación y compromiso.  En todo caso,  pienso que la fe cristiana puede aportar al compromiso sociopolítico fundamentación, motivación y sentido; y esto  desde  los valores que fluyen del mensaje evangélico y de sus exigencias, y desde la propia enseñanza social de la Iglesia. La Iglesia ha abordado siempre estos temas como parte fundamental de su misión evangelizadora. No tiene soluciones para todas las cuestiones particulares, pero «nada humano le es ajeno» y se preocupa y se ocupa en una acción transformadora de la vida social desde el humanismo cristiano y los compromisos que de ahí se derivan. La Iglesia no ofrece un modelo concreto de gobierno o de sistema económico. Pero confía a los cristianos presentes en estos campos la misión de trabajar  decididamente para que  las instituciones políticas y sus leyes permitan una justa y pacífica convivencia, garanticen los principios y valores morales y tengan presente el bien común. La democracia es un medio, no un fin. En la Doctrina Social de la Iglesia se afirma que:«una auténtica democracia no es solo el respeto formal de las reglas, sino  que es fruto de la aceptación convencida de los valores que inspiran los procedimientos democráticos: la dignidad de toda persona humana, el respeto de sus derechos, la aceptación del bien común como fin y criterio regulador de la vida política» (DSI, 407). Los católicos podemos y debemos  actuar en la vida social y pública de manera positiva, iluminando principios y aportando valores desde la fe que está por encima de cualquier ideología. Por ser un documento reciente quiero aludir al de la Conferencia Episcopal Española -Iglesia servidora de los pobres-  aprobado en la última Asamblea Plenaria. «Desear el bien común y esforzarse por él, se dice en el documento, es exigencia de justicia y caridad. Todo cristiano está llamado a esta caridad «política», según su vocación y sus posibilidades, para incidir en ese conjunto de instituciones que configuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social. Esta es la  vía institucional -también política, podríamos decir- de la caridad» (ISP, 30) Y en otro punto se añade: «Tenemos también el reto, la responsabilidad, de ejercer una caridad más  profética… elevando el nivel de exigencia moral en nuestra sociedad» (ISP, 45). Termino con unas palabras del siervo de Dios, D. Angel Herrera Oria, que me parecen muy propias en este momento, para este tema y en este  lugar donde se va a desarrollar el Congreso: «No es la hora de los pusilánimes, como tampoco lo es de los retóricos o sofistas. No está planteada la lucha en los salones o en los cenáculos, sino en el ágora.  No son días para planear, discutir o proyectar tranquilamente en torno a una mesa. Hay que lanzarse a actuar, con prudencia, mas con un espíritu audaz, a lo divino. Hay que salir decididos a alta mar, aunque la mar esté alborotada y tempestuosa; y arrojar allí la red, en nombre del Maestro, con la plena confianza de que los frutos superarán con mucho nuestro esfuerzo y aún nuestra esperanza» (Obras completas (Vol VII, p.586).              Deseo y pido a Dios  que este encuentro nos aporte pensamiento, estímulo, impulso… y renovado convencimiento de que  «es posible que sea posible», como dice el slogan del cartel del Congreso, abrir caminos al Reino de Dios en nuestro mundo, si verdaderamente somos «personas cántaro»,  para la sed de los desiertos. + Fidel Herráez Vegas Consiliario Nacional de la ACdP 13 de noviembre de 2015  

Ayuda a Infovaticana a seguir informando

Comentarios
0 comentarios en “Fidel Herráez recuerda a la ACdP que «no es la hora de los pusilánimes»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

 caracteres disponibles