Juan Pablo II, un papa para un milagro. Por Kiko Méndez Monasterio

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Cuando aquel 16 de octubre de 1978 salió al balcón y soltó su famoso “¡No tengáis miedo!”, ya estaba rompiendo esquemas y costumbres vaticanas: Era el primer papa polaco, el más joven del siglo XX, el primero no italiano desde la elección de Adriano VI – en 1522- y el único que nada más elegido se dirigía a la multitud y al mundo a través de la televisión y la radio, lanzando ese mensaje que luego habría de repetir en su primera homilía, el que iba a convertirse casi en lema de su pontificado: No tengáis miedo.

La verdad es que había motivos para andar temerosos. El siglo se había estancado en una guerra tan gélida como cruel, la primera capaz de extinguirnos por completo; el planeta estaba dividido por muros y alambradas de espías, y la verdad estaba secuestrada por los organismos de agitación, manipulación y propaganda más hábiles de la historia. Dentro de la Iglesia se habían desatado fuerzas terribles, hasta se sospechaba de la muerte de Juan Pablo I -florecían las teorías de conspiraciones- y se sabía que en sus últimos días Pablo VI se pasaba las horas llorando, después de decir aquello de que el humo de Satán había entrado en la casa de Dios. La jerarquía estaba dividida por brechas teológicas y políticas, lo católico se inundaba de un falso “espíritu del concilio” que -según el entonces cardenal Ratzinger- estaba mal interpretando el Vaticano II, y que pretendía que el nuevo Pontífice acelerase aún más los cambios. En Iberoamérica -y en los claustros universitarios- avanzaba la Teología de la Liberación, auténtica punta de lanza del marxismo dentro de la Iglesia, aprovechando que ese continente se había convertido en un campo de batalla silenciado, donde la guerra fría se convertía en lucha subversiva y guerrillera.

Sí, había motivos para temer, tantos que incluso hubo quien entendió como apocalípticas las primeras palabras de Wojtyla, porque después del “no tengáis miedo” dijo también “abrid las puertas a Cristo” y el panorama era tal que no era una locura imaginar que el joven Papa estaba hablando de la segunda venida del Señor, que estaba alertando de la llegada de la Parusía. No eran unos años muy luminosos y, con todo, Juan Pablo II iba a ser el encargado de llevar la barca de Pedro -esa que muchos creían que hacía aguas- hasta el nuevo milenio. Eran unos tiempos oscuros, es cierto, pero quizá él los había conocido peores y no sólo no se asustaba, sino que era capaz de transmitir serenidad y confianza.

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