«El mundo necesita evangelizadores que se distingan por la santidad de vida, pero también por su cultura y una recta doctrina»

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El Prefecto Beniamino Stella, a pocos días del Consistorio en el que será creado cardenal, habla con Vatican Insider en una entrevista que no tiene desperdicio, sobre estos primeros meses de trabajo como responsable del dicasterio que se ocupa de los sacerdotes.

¿Cómo se enteró de su nombramiento?

Un día antes del anuncio, el sábado 11 de enero, tuve una audiencia ordinaria con el Papa, y hablamos bastante sobre las tareas del dicasterio. Al final, antes de despedirse, el Santo Padre me dijo que mi nombre estaría en la lista de los nuevos cardenales, que habría hecho pública al día siguiente. Me comunicó la noticia con sencillez, con serenidad. Recuerdo de manera especial un detalle: me informó del nombramiento viéndome profundamente, directamente a los ojos, como para decirme “ánimo, el buen Dios le ayudará”. Fue para mí un momento de gran intensidad interior, pensando en este nuevo compromiso de vida, que me sitúa en directa colaboración con el Papa, en el dicasterio y en otras tareas.

¿Qué piensa sobre la carta que Papa Francisco envió a todos los nuevos cardenales?

Yo la aprecié muchísimo. No me sorprendió, porque sigue el estilo del Papa, que nos invita a ser auténticos, sobrios y alegres. Es una carta que me hizo muy bien. Me recordó ese mensaje fundamental del Evangelio, que dice que Jesús viene al mundo pobre y humilde. El Santo Padre, de hecho, al hablar sobre la “vía de la humillación”, nos invita a tener en el corazón los sentimientos de Jesús, que se hizo, sobre todo, humilde siervo. El Papa Francisco también nos recomienda recibir este nombramiento con “gozo y alegría”, dos términos que pueden parecer sinónimos. Preferiría leer la palabra “gozo” pensando en la felicidad del corazón, mientras que la “alegría” tal vez indica un rostro sereno capaz de sonreír. De cualquier manera, es importante la alegría de quien sabe dar las gracias, sobre todo a Dios, y al mismo Sumo Pontífice: la alegría de la gratitud.

¿Puede explicar brevemente cuáles son las tareas que desempeña en la Congregación para el Clero?

Desde la Constitución “Pastor Bouns” hasta hoy, las tareas del dicasterio han sufrido diferentes modificaciones. Entre las competencias actuales hay temáticas tradicionales, como los llamados recursos jerárquicos, relacionados en particular con las relaciones entre sacerdotes y obispos. Al respecto, les recomendaría intentar siempre llegar a un acuerdo pacíficamente, buscando soluciones lo más posible consensuales, en las que la humanidad, la caridad y la justicia vayan juntas. Además está el amplio ámbito de las dispensas de las obligaciones que derivan de la ordenación, concedidas a los que han abandonado irreversiblemente la condición de clérigos diáconos y sacerdotes). Aludiría también al ámbito patrimonial de las diócesis, en relación con la que existe una reglamentación específica y bastante detallada, que invito a conocer bien. Pero quisiera subrayar un punto fundamental para mí y al que deseo dar una relevancia especial: la promoción de la vida y de la misión de los ministros del Evangelio.

¿Y cómo se pone en práctica?

Trato de hacerlo de muchas maneras, sobre todo con los encuentros que tengo a menudo con los obispos, recomendándoles vivamente que estén cerca de su clero, como padres, amigos y hermanos. Es un gran desafío, que debe hacerse realidad para que los sacerdotes y los diáconos adviertan que están recorriendo un camino hermoso, digno de ser vivido, como es el de seguir al Señor Jesús, anunciando Su nombre y ofreciendo el testimonio alegre de Su Amor.

¿Qué tan importante es la formación permanente del clero?

Muchísimo. Para desempeñar esta tarea, desearía que hubiera sacerdotes y diáconos, así como los obispos, que advirtieran la gran necesidad y la urgencia de este aspecto, considerándola como una verdadera prioridad en sus vidas. El mundo necesita evangelizadores que se distingan por la santidad de vida, pero también por su cultura y la recta doctrina, capaces de ofrecer testimonio, con el corazón y con la mente, de la esperanza que habita en ella frente a los desafíos de nuestro tiempo. Para dar cuerpo a esta sensibilidad existen diferentes instrumentos, que la Iglesia siempre recomienda a sus pastores. Sobre todo los retiros y los ejercicios espirituales, pero también esa disponibilidad cotidiana al estudio y al dejarse interrogar por las situaciones en las que el ejercicio del ministerio induce a buscar nuevas respuestas a la luz del Evangelio. Quisiera repetir que siempre me acuerdo de forma particular de los diáconos que, en cuanto clérigos, entran en la competencia de este dicasterio. Ellos tienen un papel muy importante, y quisiera que experimentaran la alegría y la responsabilidad de servir a la Iglesia, sobre todo a los pobres, con la mirada y el corazón fijos en el Señor Jesús.

Se ha hablado en diferentes ocasiones sobre una cierta «crisis de identidad» entre los sacerdotes de la sociedad contemporánea. ¿Puede esbozar una especie de “perfil” del sacerdote?

En el fondo, el sacerdote existe para hacer lo que hacía Jesús. Él, frente a la mirada de los enfermos y de todos los que lo buscaban, mostraba siempre el rostro misericordioso de Dios Padre, sanando las almas, perdonando los pecados, anunciando el Reino de los Cielos, sin excluir a nadie, sino siempre interceptando profundamente sus necesidades y ayudándoles a crecer. Diría, pues, que el sacerdote es aquel que desea cada día, incluso con sacrificio, ser como Jesús, que hizo de la voluntad del Padre su alimento cotidiano. Nosotros los sacerdotes no debemos olvidar nunca que somos “uno con Jesús” para continuar su misión entre los hombres. Esto nos lleva a dar una prioridad al “ser sacerdote” con respecto al “hacer el sacerdote”, de lo contrario se cae en un activismo disperso y nocivo.

¿Qué se necesita para poder ser sacerdotes de esta manera?

Es necesario tener un alma sacerdotal, de verdadero pastor, para ejercer bien el ministerio, con esa caridad pastoral que debe ser el aspecto más brillante en la vida de un sacerdote. Por ello, sobre todo, es necesario vivir cerca del Señor, en la oración, la litúrgica y la personal, conduciendo una vida austera, disponible a los necesitados, con mansedumbre de espíritu, con intenso amor por la Iglesia, nuestra madre, actuando siempre con rectitud y transparencia. Es necesario que todos puedan ver en nosotros servidores, personas que han puesto en el centro de sus vidas no intereses personales, sino a Jesús y su Evangelio. De lo contrario se corre el riesgo de que se conviertan en funcionarios del culto y administradores de estructuras, más que pastores según el Corazón de Cristo.

Su Congregación acaba de recibir la competencia sobre los Seminarios y, por lo tanto, sobre la formación de los nuevos sacerdotes. En el diálogo con los Superiores de las órdenes religiosas, Papa Francisco dijo: «Debemos formar los corazones. De lo contrario formaremos pequeños monstruos…». ¿Qué significa «formar los corazones»?

En cuanto a los Seminarios, me gustaría decir que es un terreno arduo y fundamental, al mismo tiempo. El dicterio comenzó a trabajar en este sector hace poco. Pero estoy consciente de que no comienzo desde cero. Me siento heredero de un largo camino, de muchos esfuerzos e iniciativas hermosas. Es muy importante para mí, sobre todo, el tema de la selección de los candidatos al sacerdocio, la importancia de la calidad más que de la cantidad, la importancia de no apresurarse en su formación, para que pueda ser lo más cuidadosa posible. Los seminaristas siempre son una semilla de esperanza. Si tenemos buenos seminaristas hoy, con toda probabilidad, mañana tendremos buenos sacerdotes. Entonces, subrayaría la importancia de ayudarles a conformar sus corazones con los sentimientos de Cristo; que Cristo se convierta para cada seminarista en un espejo en donde verse, un modelo a seguir, la voz que hay que escuchar, la luz que ilumina, el bálsamo que cura, la vida que debe ser recorrida dondequiera y siempre. Si vemos el corazón de Cristo, nos damos cuenta de que está lleno de caridad, de compasión y perdón, un corazón acostumbrado a compartir las alegrías y los sufrimientos de la gente, un corazón lleno de respeto hacia el otro. Creo que esta breve reflexión puede, de alguna manera, interpretar las afirmaciones del Santo Padre.

El Papa ha advertido en diferentes ocasiones ante el peligro del clericalismo. ¿Qué es y cómo lo ve el Prefecto de la Congregación para el Clero?

«Clericalismo» es una palabra que se ha convertido en algo muy presente en boca del Papa durante estos meses. Creo interpretar bien el pensamiento del Santo Padre si afirmo que «clerical» es el sacerdote que quiere mandar, que da órdenes, que siempre sabe todo, encerrándose en sí mismo sin dejar que otros colaboren en la misión de la Iglesia. Clerical es el sacerdote encerrado en sí mismo, en sus propios horizontes, que no consulta, que no da espacio a los demás, sobre todo a los laicos, ni les reconoce el papel fundamental que tienen en la misión de la Iglesia. A veces, un sacerdote de estos considera que puede dominar, sobre todo, a los pobres y a los ignorantes, y que pertenece, de alguna manera, a una casta, por lo que se atribuye privilegios y poderes. El «clericalismo» daña a los sacerdotes, porque genera una distorsión de su misión, y daña a los laicos, porque les impide crecer como cristianos adultos.

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