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Sobre la eutanasia

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9826354--644x362 ¿Qué significa «eutanasia»? ¿Qué hacer contra la cultura de la muerte? ¿Cuál es la concepción cristiana del sufrimiento y de la muerte? Es un término que posee una historia larga y variada, con diversos significados según el uso que se hace de la misma. Puede significar: ‘buena muerte’ o ‘muerte sin sufrimientos’ administrada por el médico para disminuir el dolor, acción u omisión que procura la muerte con el fin de eliminar el dolor en un asistido sin esperanzas de curación, ‘suicidio por solicitud’ del paciente (suicidio asistido). ¿Cuál es la evaluación moral de la eutanasia? Si se llaman las cosas por su nombre, eutanasia significa dar muerte a quien todavía está vivo. Una muerte programada por el médico que, por vocación y profesión, es ministro de la vida. La eutanasia contradice el principio fundamental de indisponibilidad del derecho a la vida, derecho que pertenece sólo a Dios. Compartir la intención suicida de otro y ayudarlo a realizarla mediante el llamado «suicidio asistido», significa hacerse colaborador y algunas veces autor, en primera persona, de un acto injustificable, ni siquiera cuando éste le fuera pedido. El ‘suicidio asistido’ decidido y practicado por el personal sanitario, por más que sea consentido por las leyes del estado, es siempre: un crimen contra la vida de la persona humana, una abdicación de la ciencia médica, una aberración jurídica. La lógica efectiva de la eutanasia es esencialmente egoísta e individualista, y, en cuanto tal, contradice la lógica de la solidaridad y la confianza recíproca, sobre la que se apoya toda forma de convivencia. En el individuo no existe el derecho a decidir el momento de la propia muerte: no existe el derecho a una elección entre la vida y la muerte. En cambio, se debe hablar de un derecho a morir bien, serenamente, es decir, evitando sufrimientos inútiles. Eso coincide con el derecho a ser curado y asistido con todos los medios ordinarios disponibles, sin recurrir a curaciones peligrosas o demasiado gravosas, y con la exclusión de todo ensañamiento terapéutico. El derecho a morir con dignidad no coincide en absoluto con el supuesto derecho a la eutanasia, la cual, en cambio, es un comportamiento esencialmente individualista y rebelde. La eutanasia nace de una ideología que reivindica al hombre el pleno poder sobre la vida y, por consiguiente, sobre la muerte; una ideología que confía absurdamente a un ser humano el poder de decidir quien debe vivir y quien no (eugenesia). Es una vía de escape de frente a la angustia de la muerte (vista como inútil y sin sentido,…); es un atajo que no da ningún sentido al morir, ni confiere dignidad al moribundo; es una estrategia de desplazamiento; el hombre que cae como víctima del miedo e invoca la muerte, aún sabiendo que es una derrota y un acto de extrema debilidad . A veces también es vista como un modo de contener los costos, sobre todo en relación a los enfermos terminales, dementes, ancianos débiles e improductivos….., pesos para sí mismos, para sus familiares, para los hospitales y para la sociedad, Quien quiere morir deja una marca en nosotros, porque el renunciar a vivir es también culpa nuestra. En cuanto a la idea que según el catolicismo hasta un minuto más es también importante, se debe pensar cuantas veces el último minuto de vida cambió el sentido de toda la existencia de una persona. Incluso puede suceder que sea el último momento el único con sentido. Por esto, vivir en una sociedad donde todos hacen lo posible para ayudar a vivir, es mejor que vivir en una sociedad donde se sabe que, si en un cierto momento uno se abandona, todos le abandonan. Además, la eutanasia plantea una serie de angustiosos interrogantes, que ninguno podría darles respuesta en caso de que sea legalizada. Estos son algunos: ¿En base a qué criterios un sujeto puede ser considerado ‘destruido por el dolor’? ¿Cómo el estado puede determinar la intensidad del sufrimiento que se requiere para legitimar la eutanasia? ¿Y quién está autorizado para decidir por el sí o por el no: el médico o también un amigo o familiar? ¿Quién garantiza que la ‘muerte dulce’ es efectivamente decidida para poner fin a un sufrimiento considerado intolerable y no por alguna otra razón, tal vez por intereses inconfesables (por ejemplo, de índole económicos)? ¿Cuál es el rol del estado, de la ley? En la eutanasia, el estado, que es garante y promotor de derechos fundamentales, asume la forma de aquel que ‘decide’ la muerte, si bien después la verdadera y propia ejecución es delegada a otros. El estado no puede limitarse a poner en acto lo que ya está en la mentalidad y en la praxis social: el estado moderno debe confrontarse con la cultura de los ciudadanos y con sus instancias. Pero también es cierto que no está obligado a recibirlas cuando lesionan los derechos fundamentales. Se debe destacar que un factor significativo es el efecto de la sanción y la influencia ética que la legislación civil ejerce sobre la moralidad pública: «Es la ley, por lo tanto, está permitido…» Estas podrían ser algunas de las consecuencias: Un mayor número de personas en nuestra sociedad aceptará la eutanasia como una cosa normal; Seguirá disminuyendo el respeto de la vida humana; Los médicos serán expuestos a una presión social siempre mayor hasta que practiquen la eutanasia y el suicidio asistido, como si fueran parte de su responsabilidad médica y parte de su normal actividad profesional. También disminuirá la confianza en los médicos; Habrá una menor disponibilidad emotiva para asistir enfermos en estado terminal, para afrontar su sufrimiento, para aliviarlo y compartirlo. ¡Es simplemente absurdo que se elimine al enfermo, porque no se logra eliminar la enfermedad!; En el entorno del enfermo podrá crearse un clima que lo hará sentirse obligado a evitar las dificultades que el ocasiona a los demás, a causa de las terapias intensivas a largo tiempo. Sería absurdo que el permiso de recurrir a la eutanasia con el tiempo cree situaciones en las cuales los pacientes terminales, sus familiares y sus médicos, se sientan en el deber de justificar por qué son contrarios a la eutanasia y al suicidio asistido. ¿Qué hacer contra la cultura de la muerte? Es necesario: unir los esfuerzos de todos aquellos que defienden en el carácter inviolable de la vida humana, incluida la que se encuentra en estado Terminal; resistir a toda tentación de poner fin a la vida de un paciente mediante un acto deliberado de omisión o a través de una intervención activa; potenciar las estructuras de acogimiento; hacer más eficientes las formas de asistencia y solidaridad familiar, civil y religiosa; asegurar una asistencia que incluya formas de tratamiento eficaces y accesibles, alivio del dolor y formas de sostenimiento común. Es preciso evitar un tratamiento ineficaz o que agrave el sufrimiento, pero también la imposición de métodos terapéuticos desproporcionados y extraordinarios; es de fundamental importancia la asistencia humana a la persona moribunda, ya que la súplica que brota del corazón del hombre en el momento supremo del enfrentamiento con el sufrimiento y la muerte, especialmente cuando está tentado por la desesperación y el aniquilamiento, es sobre todo de compañía, de solidariedad y de apoyo en la prueba; es necesario destinar más bienes para el cuidado de enfermos incurables; promover una formación ética, psicológica, social y técnica del personal sanitario; morir con dignidad requiere en particular una “buena asistencia paliativa y un buen servicio hospitalario”; es necesario promover, de todos los modos posibles, el principio según el cual la muerte no está ni puede estar ni a disposición del estado, ni de la ciencia y ni tampoco del individuo. El intento de eliminar la enfermedad y el sufrimiento extremo del horizonte de nuestra vida con el escape de la eutanasia, es un riesgo de consecuencias imprevisibles; se debe tener presente el pronunciamiento de la Santa Sede, a través de la Congregación para la Doctrina de la Fe, según la cual «en la inminencia de una muerte inevitable no obstante los medios usados, es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a tratamientos que procurarían solamente una prolongación precaria y penosa de la vida, pero sin interrumpir los cuidados normales correspondientes a un enfermo en un caso similar»; sobre todo es preciso presentar la concepción cristiana del sufrimiento y de la muerte. ¿Cuál es la concepción cristiana del sufrimiento y de la muerte? La vida es un don de Dios: el hombre no es el dueño de la propia vida, en cuanto que no es el creador de sí mismo. Se recibe la vida recibe como un don, y cada instante de la vida es un don precioso. El hombre administra la propia vida y debe responder responsablemente a Aquel que le donó el existir. Por lo tanto, no corresponde al hombre poner fin a la propia vida. Cada momento de su vida tiene un sentido, aún cuando está marcado por el sufrimiento, la enfermedad, y es un valor que se debe apreciar y hacer fructificar para sí y para los demás. Ciertamente que es justo luchar contra la enfermedad, porque la salud es un don de Dios. Pero también es importante saber leer el designio de Dios cuando el sufrimiento toca nuestra puerta. La «clave» de esta lectura la constituye la Cruz de Cristo. El Verbo encarnado vino al encuentro de nuestra debilidad asumiéndola sobre sí en el misterio de la Cruz. Desde entonces, todo tipo de sufrimiento adquirió una posibilidad de sentido, que lo convierte en singularmente precioso. El sufrimiento, consecuencia del pecado original, gracias a Cristo, asume un significado nuevo: se transforma en la obra salvífica de Jesucristo. Unido al de Cristo, el sufrimiento humano se convierte en un medio de salvación para sí y para los demás. A través del sufrimiento en la Cruz, Cristo triunfó sobre el mal y permite que también nosotros lo venzamos. Desde un punto de vista cristiano, la misma concepción de la muerte, es algo nuevo y consolador. Una vida que termina no es menos preciosa que una vida que inicia. Y es por esta razón que la persona que está muriendo merece el máximo respeto y los cuidados más delicados. En la fe cristiana, la muerte es un éxodo, un pasaje, no es el fin de todo. Con la muerte, la vida no termina, sino que se transforma. Para aquel que muere sin pecado mortal, la muerte es entrar en la comunión de amor, la plenitud de la Vida y de la Felicidad, es ver Su rostro, que es la fuente de la luz y del amor, como un niño, que cuando nace, ve los rostros de sus padres. Por esta razón la Iglesia habla de la muerte del santo como de un segundo nacimiento: aquella definitiva y eterna al Paraíso. La victoria definitiva y completa de Cristo sobre el mal, el sufrimiento y la muerte será efectuada y manifestada en el fin del mundo, cuando creará cielos nuevos y tierra nueva, y será «todo en todos» (1Cor 15,28). Il Primicerio della Basilica dei SS Ambrogio e Carlo in Roma Monsignor Raffaello Martinelli NB: Para profundizar sobre este argumento, se pueden leer los siguientes documentos pontificios: Catechismo della Chiesa Cattolica (CCC), nn. 2276-2279; Compendio del CCC, n. 470; Congregazione per la Dottrina della Fede, Dichiarazione sull’eutanasia, 1980.

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